Entrevista a Jean-Marie Schaeffer

Interdisciplinariedad y caridad interpretativa en los estudios literarios

por Guadalupe Campos, Martín Azar

Jean-Marie Schaeffer es director de estudios de la EHESS (École des hautes études en sciences sociales) y director de investigación en el CNRS (Centre national de la recherche scientifique). Es especialista en estética y en teoría de las artes, y se ha dedicado a cuestiones de teoría literaria en obras tales como Pequeña ecología de los estudios literarios, ¿Por qué la ficción? y ¿Qué es un género literario?. Visitó nuestro país invitado por el Dr. Ricardo Ibarlucía a través de la UNSAM, en donde dictó un seminario de posgrado, y una conferencia titulada “Art as creation, creation as art”.

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Martín Azar y Guadalupe Campos, por la Revista Luthor (L)

Jean-Marie Schaeffer (JMS)

L: Primera pregunta. ¿Existe todavía la teoría literaria? ¿Cuál es, para usted, su situación actual en Francia, y en el panorama internacional? ¿Cuál es su relación con las otras disciplinas humanísticas y con las ciencias duras?

JMS: Creo que hace falta, primero, intentar situar la teoría literaria en relación con los estudios literarios en Francia. Creo que la situación es bastante despareja: es decir, hay universidades en las que ambas cosas están fuertemente imbricadas, y otras que demarcan mucho las disciplinas. Pienso que en París hay universidades en las que la implicación es muy grande. Es el caso de Paris VII, en Jussieu (campus universitario), y el de Paris VIII. Es el caso también, al menos un poco en este momento, de Paris IV, dado que se creó una especialidad de Master “Teoría de la Literatura” entre la École Normale y la École des Hautes Études de Paris IV. Si entiendo bien, la École des Hautes es la que aporta la teoría.

L: ¿Eso es nada más un programa de Master, o hay también un programa de doctorado o grupo de investigación activo?

JMS: Es un programa de Master. No sé si se lo va a transformar también en un programa doctoral, porque es muy complicado habilitar un doctorado, más complicado que un Master. Pero bien, eso quiere decir que la teoría está bastante viva, y son Paris IV y la École Normale que vinieron a buscar, de hecho, gente del Collège des Hautes Études. No somos tampoco tantos, de hecho. Pero yo creo que el interés pervive incluso en las universidades donde no hay una fuerte tradición de teoría literaria. Creo que lo que subsiste es cierto marco de instrumentos cognitivos, que es usado a veces de un modo poco reflexivo, pero que continúa siendo utilizado, en especial los instrumentos de análisis narrativo, que se han convertido en casi una suerte de vulgata para la mayoría de las universidades. En cambio, encuentro que no hay mucho desarrollo nuevo, sobre todo no hay nuevas redes que se constituyan. Podríamos decir que hay verdaderamente poca gente que trabaje junta, que haga avanzar el aspecto teórico de los estudios literarios pero sin cortar las investigaciones concretas. Es decir, para mí los buenos ejemplos de teoría literaria siguen siendo Genette y el primer Todorov, más que el segundo Barthes.

L: Pero eso siempre dentro de la tradición francesa. ¿La situación es la misma en los otros países europeos?

JMS: Lo que está presente en los otros países -en todo caso en Alemania, Dinamarca, en los países en torno al norte de Europa- es el análisis narrativo, que sigue estando muy activo, que incluso ha recobrado fuerza.

L: ¿No hay una verdadera reflexión sobre la teoría en sí?

JMS: Creo que lo que nos ha faltado es una verdadera reflexión sobre aquello que en el estructuralismo y en el formalismo -incluso antes- era considerado válido, y que era una ideología que convenía abandonar. Pero ese es para mí un problema general de los estudios literarios, de las humanidades y de las ciencias sociales en parte: la falta de memoria epistemológica y, en consecuencia, la incapacidad de acumular conocimientos de manera crítica. Y pienso que la solución afirmativa -que es la que parece funcionar aquí en Argentina, y que en todo caso funciona en Estados Unidos, y en parte también en Gran Bretaña-, que es la importación de teorías “prefabricadas”, no es una solución. Al contrario, eso empeora las cosas. Creo que hace falta absolutamente una reflexión sobre la relación entre historia literaria, crítica hermenéutica y proposición teórica.

L: Pero, en su opinión, esta reflexión debería derivar del estudio concreto de obras concretas, ¿no es cierto?

JMS: Debería estar vinculada con estudios concretos. Y debería implicar intercambios reales entre investigadores de literatura y de filosofía. Digo “intercambios reales”, y no adopción por parte de investigadores literarios de teorías que ya están completamente constituidas.

L: Y, a la inversa, ¿cree usted que cada estudio crítico de una obra literaria concreta debería redundar en una reflexión teórica sobre la disciplina? ¿O esto no le parece indispensable para asegurar el sentido del análisis literario?

JMS: Pienso que fatalmente todo estudio crítico utiliza instrumentos de análisis, de modo que siempre tiene una teoría implícita. Me parece que si uno trabaja verdaderamente de manera comprometida en un campo, tarde o temprano querrá aclararse un poco a sí mismo los presupuestos de su propia investigación. Y, en ese sentido, creo que uno no se desentiende de las preguntas teóricas. Pero creo que, sobre todo, lo que nos caracteriza en los estudios literarios es que cada uno trabaja en su rincón, y que sólo saca de vez en cuando la cabeza de su agujero para chequear: “¿Todavía soy visible o ya me han olvidado?” De hecho, lo que nos falta es trabajar en red.

L: Y, actualmente, esa sería por cierto una característica típica de todos los estudios humanísticos en general, como usted ha señalado en su Pequeña ecología, ¿no?

JMS: Sí, en general, claro. No sé si he respondido la primera pregunta, pero creo que la relación de los estudios literarios con la teoría es una cuestión particular dentro un marco más general, que es la cuestión de dónde están las humanidades hoy, cuál es su situación. Hay una crisis, eso es evidente. Yo estoy en un comité de Science Europe consagrado a las humanidades, y es evidente que las humanidades están en crisis, porque están perdiendo su legitimidad social. Y los responsables europeos, por ejemplo, piden explicaciones: “¿Qué es lo que usted sabe exactamente?”, “¿Por qué se le da dinero?”

L: Esta situación que usted describe es muy similar en Argentina. ¿Pero cómo podemos superarla? ¿Podemos hacerlo sólo a través de la investigación académica, o se necesitan estrategias políticas más concretas?

JMS: Pienso que hay que llegar a convencer a los responsables políticos de que nuestros estudios no son trabajos de “torre de marfil”, sino que de hecho son por definición socialmente comprometidos. No pueden no serlo, porque tratan fenómenos sociales -que, por otro lado, estos mismos responsables consideran como importantes-, que son las prácticas artísticas o culturales, en el sentido amplio del término. Entonces hay que hacerles comprender que de todos modos las humanidades están en medio de esta cuestión. Pero también hay que recordarles que tienen derecho a esperar que las humanidades presenten una estrategia, o muchas estrategias, en términos de avance científico, que sean creíbles. Es decir, es un mercado. Tenemos el derecho de decir a los políticos: “En realidad lo que nosotros hacemos está mucho más cerca de lo que ustedes hacen de lo que creen, y en todo caso debería interesarles mucho más de los que les interesa”. Pero eso es sólo un postulado si nosotros, por nuestra parte, no ofrecemos efectivamente los medios para desarrollar estudios que sean traducibles en problemáticas sociales efectivas. De modo que no creo que los estudios literarios teóricos deban ser un fin en sí mismos. La teoría es una herramienta para desarrollar estudios concretos más eficaces, aportando más conocimientos, y luego capaz de esclarecer una cierta cantidad de problemas actuales o antiguos que no han sido resueltos, y capaz también de enseñar o ayudar a la sociedad civil y a la sociedad política a ver con mayor claridad en ese campo, que está, por otra parte, muy vivo.

L: Eso es lo que la teoría debería hacer, es cierto. Pero, ¿en la actualidad, los estudios humanísticos están cumpliendo verdaderamente con sus tareas sociales?

JMS: No, no, pienso que no. Porque, en general, las humanidades están, en principio, a la defensiva, o en una posición de provocación.

L: ¿Y cómo podemos reconducirlas hacia una dirección más productiva?

JMS: Yo, por mi parte, pienso que hay que tomar el ejemplo de épocas en las que las humanidades tenían un espíritu pionero. Es el caso de épocas muy diferentes. Personalmente, yo conozco mejor la carrera de los formalistas rusos, porque, bueno, accidentalmente es la época que yo más he estudiado, pero uno puede interesarse por la época del Romanticismo Alemán, y del nacimiento de los trabajos de filología, o por lo que uno quiera. Se ve que había una sed de conocimiento que al mismo tiempo encontraba una traducción social evidente. Los trabajos de los hermanos Grimm sobre los cuentos. Se dice hoy que, desde el punto de vista de su ideología, eran un trabajo de una importancia colosal. Y eso ha abierto perspectivas totalmente nuevas, que no fueron previstas por ellos, por supuesto. Asimismo, los trabajos de los formalistas rusos, en ciertos campos, han tenido un efecto de incitación a plantearse nuevas preguntas completamente decisivas. Y es eso lo que hay que recuperar hoy; pero no podemos recuperarlo volviendo al formalismo.

L: Volviendo a los procedimientos de trabajo de los hermanos Grimm, estaban vinculados con un contexto de constitución nacional bastante específico, que, por cierto, se opone de alguna manera a las exigencias de nuestra actualidad, considerando los actuales procesos de globalización, ¿no es cierto?

JMS: Por supuesto, pero no son reductibles a eso. Y es eso lo que nos falta: nosotros pensamos que, de hecho, lo que nuestros predecesores han hecho es ideología, y que nuestra tarea es mostrar que era ideología.

L: El procedimiento de la deconstrucción.

JMS: Sí, la deconstrucción. Eso es muy fácil, porque eso significa que nosotros sabemos al fin qué es lo que los otros han hecho -en fin, que han hecho ideología-, y nosotros, en cambio, no somos ingenuos, nosotros hemos salido de eso, y nuestra tarea es deconstruir aquello que los otros han hecho. Históricamente es, de todos modos, totalmente falso, porque los Grimm no han hecho solamente ideología, han hecho mucho más que eso. Y creer que no han hecho más que ideología sólo es posible si se los limita. Y eso es lo primero: es necesario que reaprendamos a leer, y sin contar de antemano con caminos interpretativos prefabricados. Creo que la primera condición necesaria de una buena lectura es la caridad interpretativa: lo que nos gustaría que hicieran con nosotros también tenemos que hacerlo con aquellos que leemos, en vez de considerar de entrada que han defendido tal o cual ideología nacionalista, lo que quizá fue el caso, pero en la mayoría de los casos no, simplemente han escrito en el marco de su época, con sus prejuicios, con sus preferencias, pero también han buscado conocer cosas, y han enseñado cosas que aún hoy tienen validez.

L: En su Pequeña ecología usted defiende la importancia de establecer criterios de validación concretos para alcanzar una “lógica acumulativa” de la producción del conocimiento en el campo de las humanidades. ¿Cómo podemos llevar cabo esto? ¿Ha habido cambios en esa dirección?

JMS: Me parece que lo primero que hay que hacer es justamente reconstruir nuestra memoria disciplinaria y transdisciplinaria, releyendo el pasado no como si fuera un objeto que debiéramos “comentar”, sino como tentativas de personas que han tratado de hacer cosas emparentadas a las que nosotros tratamos de hacer. Y luego establecer un diálogo con estos pensamientos, más que comportarnos como intérpretes de sintomatologías, de enfermedades… Ese es un primer aspecto que me parece importante. El segundo es -efectivamente, yo estoy completamente de acuerdo con ustedes-, discutir con los filósofos, los sociólogos, los historiadores, los antropólogos, y trabajar en conjunto con ellos para ver en qué sentido su manera de proceder, de leer, por ejemplo, difiere de la nuestra, en qué sentido puede enriquecer la nuestra, en qué sentido podemos aportarles cosas y, a través de eso, construir criterios epistemológicos que puedan ser compartidos con otras disciplinas que tengan su especificidad. Porque, después de todo, nosotros estudiamos la literatura desde una perspectiva que no es la de los historiadores, ni la de los antropólogos; pero, a la vez, creo que necesitaríamos considerar en parte sus problemáticas, que pueden aportarnos metodologías quizá adaptables a algunas de nuestras problemáticas, así como los filósofos pueden aportarnos nociones y herramientas analíticas… pero no creo que teorías.

L: ¿Cómo debería ser el espacio institucional para eso?

JMS: Ah, es una buena pregunta... Ahí, estoy mal posicionado, porque yo enseño en una institución que es por definición interdisciplinaria, que es una universidad de ciencias sociales, donde la literatura es por cierto minoritaria. Lo que es algo bueno, porque lo obliga a uno a confrontarse con otras disciplinas, incluidas disciplinas que trabajan sobre los mismos objetos, pero que trabajan de otra manera. Sé que lo que voy a decir es un lugar común, pero un abordaje interdisciplinario es indispensable. Porque la literatura es un objeto social, y no es un mundo cerrado -que es lo que sería la literatura tal como es construida por los estudios literarios cuando se encierran en su propio pequeño reino. Creo que hace falta un enfoque interdisciplinario, una forma abierta de aproximarse, que es ciertamente la única manera posible de aportar nuevos cuestionamientos y de forzarnos a autoevaluarnos. Que es lo que no hace el hecho de adoptar una teoría prefabricada, al contrario.

L: A propósito de la interdisciplinariedad: ¿por qué es que en los estudios humanísticos la interdisciplinariedad suele ser vista como una amenaza a la especificidad de cada disciplina? Eso no es así en las ciencias naturales, por ejemplo.

JMS: Sí, sí. Creo que es porque, de hecho, la verdadera práctica interdisciplinaria es muy complicada y muy escasa, porque verdaderamente es muy difícil. Y sólo puede tener lugar entre gente que, por un lado, tiene un anclaje disciplinario muy fuerte, pero que a la vez tiene una capacidad autorreflexiva que se desarrolla para poder comprender cómo es que su disciplina o su problemática pueden ser vistas desde otra problemática, desde otra disciplina. Eso no se encuentra muy a menudo entre los investigadores literarios, ni tampoco entre los filósofos ni los antropólogos. Hace falta una curiosidad que vaya más allá del programa institucional de la propia disciplina. De modo que yo creo que esta es verdaderamente una de las dificultades y una de las condiciones necesarias.

L: Al margen, ¿cómo relacionaría usted su modelo teórico de la ficción (desarrollado sobre todo en ¿Por qué la ficción?, 1999) con el trabajo concreto de análisis de obras literarias?

JMS: Es un libro que surgió de una problemática filosófica, no de una problemática literaria. Mi experiencia es que yo pensaba haber escrito un libro que daba algunas pistas, que planteaba algunas buenas preguntas, algunas malas, y que lo que iba a seguir -puesto que yo conocía muchos colegas investigadores literarios- es que íbamos a poder trabajar -no a partir de ese libro, pero sí en torno a la cuestión de la ficción-, que quizá yo haría eventualmente estudios sobre tal o cual objeto concreto -que no sería un objeto literario, sino más bien la cuestión filosófica-, que ellos trabajarían objetos literarios, que nos encontraríamos… Tratamos de hacerlo. Conseguimos dinero del CNRS para construir un grupo de investigación interdisciplinaria, que tenía filósofos, antropólogos, investigadores literarios, pero que en realidad era incapaz de construir un programa interdisciplinario donde la gente se encontrase, porque de hecho cada uno intentó repatriar una parte de la teoría en su propio campo, y después continuar trabajando como antes, completamente solo, habiendo simplemente introducido tal o cual problemática o tal o cual mención que permitía, por ejemplo, que pudiéramos organizar coloquios. Para mí eso fue un hecho muy, muy negativo, y me terminé alejando de la cuestión de la ficción. Porque me parecía que lo que había pasado es que había habido, en un momento dado, una cierta cantidad de libros -no estaba sólo el mío, había todo un conjunto de libros que aparecieron diciendo “ah, sí, hay una cuestión ahí”-, entonces muy muy rápido hubo una acumulación de textos con nuevas propuestas teóricas, pero no hubo dinámicas de investigación que nos permitieran decir “ahí está, en cinco o seis años hemos aprendido cosas sobre tal o cual cuestión”. Hubo un comienzo; hay que decir que hubo algunos buenos resultados como, por ejemplo, los trabajos en Jussieu hechos por una colega, Françoise Lavocat, en torno a la ficción en la época clásica, que fueron emprendidos con la idea de testear particularmente la teoría de “¿La ficción es siempre vista como un fingimiento (feinte)?” De modo que se comenzaron ciertas investigaciones, pero ahí quedó, no prendió realmente. Y esto me parece significativo de la manera en que los estudios literarios forman parte de las preguntas teóricas, es decir, forman parte cuando ven en ellas soluciones antes que especies de bricolaje, de modelos que habría que, en conjunto, tratar de superar. De hecho, un libro como ¿Por qué la ficción? pretendía ser una pequeña piedra en una reflexión colectiva que debía desarrollarse en torno a objetos concretos. Y el resultado no debía ser una teoría final de la ficción, sino la apertura de un campo de investigación. Y eso fue un fracaso total, me parece. Cuando leo las cosas que se publican hoy en ese campo, es todo muy repetitivo.

L: ¿Eso quiere decir que, a pesar de que todavía hay investigaciones en ese campo, una vez más, los investigadores no logran trabajar de manera grupal, colaborativa, acumulativa, etc.?

JMS: No, claro, están muy aislados…

L: A propósito de esto, ¿cree usted que existe alguna relación entre la figura romántica del Genio creador -que usted ha desarrollado en su conferencia- y la figura del “investigador solitario” tal como la encontramos en la actualidad?

JMS: Eso retoma la pregunta sobre el estatus del crítico literario… Yo no sé cómo es en Argentina, pero al menos en Francia no hay muchos críticos literarios que piensen que son genios… (risas). Pero es verdad que es una figura internacional, la figura del “gran teórico”, que piensa que debe debe desarrollar una teoría general que hay que tomar o dejar, o más bien a la que hay que responder, que se trata de responder. Entonces, desarrolla su teoría, y como a los investigadores literarios les gustan las teorías, lo invitan, y ahí está. No sé si la figura del Genio ha jugado un rol en el nacimiento de esa figura, o si la decadencia de la teoría del Genio la ha hecho desembocar en una figura de narcisismo que está muy desarrollada en las humanidades, y que puede desarrollarse aún más siendo que no hay una discusión verdadera, paciente, de la posición teórica avanzada. Es poco frecuente que una proposición teórica llegue a la discusión concreta sobre tal o cual punto de la teoría, y que se la pueda criticar eventualmente sobre tal o cual punto, y que el autor lo tenga en cuenta, quizá… es muy muy raro. Lo que pasa es más bien que alguien viene y tira una caja, y uno toma la caja, y se sirve de ella de manera totalmente -a mi parecer- artificial. Es más eso que la idea de Genio. Sí, yo creo que, entre los pensadores que han sido integrados a los estudios literarios, hay ciertamente gente que piensa ser un genio, eso es evidente, pero ahí tienen: no son más que unos pocos, pero haberlos los hay… (risas)

L: ¿En su opinión, entonces, no se trata más que de problemas personales singulares?

JMS: No… Hay algo en el funcionamiento de los estudios literarios que permite que fenómenos como este se puedan producir. Y eso es directamente una debilidad epistemológica y epistémica de los estudios literarios. Yo encuentro eso muy lamentable, porque los estudios literarios tienen un objeto importante, que es importante para la humanidad actual: la gente lee, la gente escribe, y los estudios literarios no son los autores de sus objetos. Eso es todo.

L: ¿Pero esta discusión tan crucial sobre los compromisos epistemológicos y epistémicos -y en definitiva también éticos- de los estudios literarios constituye un campo de estudio efectivamente abierto y activo en la actualidad?

JMS: Hay investigaciones, creo, más bien sobre las humanidades en general: hay investigaciones de sociólogos. Hay un joven investigador, creo que de origen alemán, que obtuvo un gran contrato europeo para estudiar justamente la dinámica epistemológica de las humanidades en general, para ver si hay un modelo común o diverso, según los países -porque, en Europa en todo caso, la humanidades han conocido desarrollos bastante particulares según los países.

L: ¿Y a nivel más general, en investigaciones centradas en otros temas, no se evidencia siquiera la preocupación por consolidar la coherencia interna, la base epistemológica, de las diferentes tradiciones vigentes de estudios culturales?

JMS: En fin, sé que en este consejo de Science Europe se supone que hagamos avances sobre esa pregunta -es decir, reflexionar sobre qué hay como base epistemológica común defendible frente a otros científicos, o a los científicos, frente también a los responsables políticos-, pero no sé qué va a salir de esto: tenemos reuniones, nos vemos… somos de países muy diferentes… Pero es eso, efectivamente, somos conscientes de que ahí está el problema.

L: Alrededor de los año ‘90, cuando la legitimidad de las “verdades científicas” -y del método científico en general- fue puesta en duda por los intelectuales -en especial de tradición posmodernista-, la comunidad científica inmediatamente respondió de manera unificada, e incluso lograron en muchos casos integrar estas críticas como un modo de reforzar su base teórica (me refiero a las, así llamadas, “Science Wars”). Por el contrario, desde que viene sucediendo los contrario (que los científicos atacan a las humanidades: el Escándalo Sokal, etc.), la gran mayoría de los intelectuales se ha mantenido en silencio, asumiendo que la otra parte del debate está equivocada y que no vale la pena argumentar al respecto, de modo que aún no ha habido una respuesta seria de parte de las humanidades, ¿no es cierto?

JMS: Sí, no creo que la haya habido, por cierto, no ha habido una verdadera respuesta de las ciencias humanas -o en todo caso de los estudios literarios en sentido amplio del término-, al Escándalo Sokal, que es un asunto serio, a pesar de que se ha dicho, por supuesto, que [Sokal y Bricmont] fueron un poco deshonestos, etc. Eso no quita que el hecho de que semejante texto [“La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”] haya podido ser publicado en una revista [Social Text], siendo que contenía barbaridades, sea al menos inquietante.

L: El síntoma que pone en evidencia es inquietante.

JMS: ¡Sí, sí, es muy inquietante! Y pienso que las humanidades… En fin, esa es una palabra grande, porque hay en las humanidades muchas disciplinas más tradicionalistas, o tradicionales -no en el mal sentido-, que tienen criterios de rigor completamente establecidos: la filología -en el sentido disciplinario del término- tiene criterios, así como los tiene la estilística -cuando se trata de la verdadera estilística-, el análisis narrativo ciertamente también, desde hace mucho (creo que desde hace prácticamente un siglo), hay diferentes escuelas que han logrado establecer modelos que son relativamente fiables. Podemos discutir sobre si tal o cual frase es discurso indirecto libre o no, está bien, pero también es porque esa parte de los estudios literarios discute con los lingüistas, discute con gente que trabaja en el campo del análisis del discurso, etc. De modo que es posible. Pero no hay toma de conciencia general sobre esto. Y no sé si estamos encaminándonos hacia eso, si realmente las últimas oleaditas de cultural studies, postcolonial studies, desembarcarán también en la Europa continental… Que, un poco, está pasando. Y va a ser peor que lo que fue en Estados Unidos, porque van a ser los epígonos, así que será más problemático.

L: En relación con los intereses de algunos de los integrantes de Luthor, uno de los aspectos atractivos de ¿Por qué la ficción? es el lugar remarcable que usted da a los videojuegos en su concepción de la ficción. ¿Ha desarrollado más ese tema? ¿Está al corriente de los debates actuales en el campo de los game studies?

JMS: No. Pero yo no di mucho lugar a los videojuegos. Simplemente dije: “los videojuegos tienen tanto valor como…” Es todo lo que dije. Era simplemente porque veía crecer a mi hija… ella jugaba a esos juegos, y yo traté de jugar; no me salía. Me dije “no sé si va a ser interesante, pero es evidente que si yo tuviera su edad jugaría a esto; como leo ficción, puedo también con esto”. Pienso que es un campo que verdaderamente se ha desarrollado, donde hay una muy buena reflexión, en todos los países creo. Yo escribí un prefacio para un libro francés que trataba sobre videojuegos, pero también sobre los juegos de rol, una práctica social un poco más particular, pero que es de todos modos relativamente importante. Ese es un buen aspecto, pienso, del desarrollo de una reflexión sobre la ficción, que salga del marco puramente literario, porque es un campo que nos permite ver que no bastan las nociones puramente literarias para comprender lo que es una ficción literaria. Podemos comprender quizá qué hay de literario, ¿pero qué hay de ficcional? Es precisamente el tipo de objeto respecto del cual es necesario un abordaje interdisciplinario. Y también me parece que ha aparecido en el momento oportuno, porque ha aparecido en el momento en que se ha desarrollado una nueva técnica de ficción: los videojuegos. Y, en ese sentido, yo diría que la rama más interesante de todo lo que ha surgido de los estudios de la ficción son todos estos trabajos sobre la realidad virtual, los videojuegos, todo eso. Y me parece que fue un buen resultado, pero es un resultado que yo, por mi parte, he visto de lejos.

L: Como última pregunta: en sentido más amplio, ¿qué cambios percibe -o pronostica- usted en las humanidades a partir de los últimos progresos tecnológicos que están cambiando el mundo, como ser los relativos a las humanidades digitales, las tecnologías de la información, las mind sciences, etc.?

JMS: Pienso que de hecho hay muchos desarrollos potenciales importantes. Una de las posibilidades puede ser, en fin, el desarrollo de estudios cuantitativos en el campo de las humanidades. Sé que ha habido intentos al respecto en los Estados Unidos en el campo literario, que no han sido necesariamente muy fructíferos, pero de todos modos era importante empezar a trabajar en esa dirección. Me parece que hay una necesidad de ampliar el interés que dirigimos al texto que circula en Internet: no podemos seguir considerando que la literatura -incluida la literatura clásica- es sólo la literatura que circula en forma de libro, sino que debemos ocuparnos de la circulación de obras clásicas en Internet: “¿Bajo qué forma circulan?”, “¿Bajo qué forma son leídas?”, “¿Las fronteras entre literaturas nacionales siguen teniendo el mismo sentido a partir de este momento?”, “¿Qué nuevas prácticas nacen de este nuevo tipo de lectura?”

L: ¿Se refiere a la World Literature?

JMS: Ahí está, “¿En qué sentido esta World Literature está vinculada con eso que gente como Goethe intentó hacer al final del siglo XVIII?”

L: O Marx…

JMS: O que Marx hizo. Ahí está, eran proyectos muy diferentes: el proyecto de Marx no tenía mucho que ver con el de Goethe. Y hemos tenido después diferentes reencarnaciones de esto en la literatura comparada. Así que, es eso, tratar de encontrar objetos nuevos; pero tratar, una vez que se tienen estos objetos nuevos, de echar un vistazo hacia atrás, porque no son siempre tan nuevos, a veces son objetos que no han conseguido desarrollarse porque no había condiciones tecnológicas que lo permitieran verdaderamente, mientras que ahora está lleno, etc. Yo creo que hay mucho por hacer. ¿Bien?

L: Sí, muchas gracias. Fue un placer.