No vemos que no vemos

Reseña de Innovación y barbarie. Verbos para entender la complejidad, de Alejandro Piscitelli y Julito Alonso

por Abril Amado

El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Urspache de Tlön (…) hay verbos impersonales (…) Jorge Luis Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.

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En uno de esos artículos breves y contundentes que le son característicos, Piglia (1980) decía que Sarmiento hacía un uso salvaje (barbarizado) de la cultura que consideraba propia de la anhelada civilización. Las citas falsas, las atribuciones erróneas y las traducciones sesgadas eran síntomas de un uso ostentoso de la cultura, pero corroído por la barbarie. En este sentido, el copulativo “y”, que une a la civilización y la barbarie en el subtítulo de Facundo, no nos deja lugar para la elección entre una y otra: ambas forman parte de esa Argentina contradictoria que la obra busca explicar. En el libro de Alejandro Piscitelli y Julito Alonso, la civilización es reemplazada por la innovación, la nueva cara del progreso, la otra cara de la barbarie del siglo XXI.

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La realidad es compleja, es difícil de entender, de aprehender, de explicar. En esta veintena de años del nuevo siglo, los ritmos de la tecnología se fueron acelerando cada vez más. ¿Cómo diagnosticar un presente móvil en perpetuo cambio? Los autores encuentran la respuesta en los verbos: ellos permiten describir procesos, aportan dinamismo, esquivan lo fijo y lo estanco propio del sustantivo. Innovación y barbarie. Verbos para entender la complejidad está dividido en una introducción y cuatro capítulos que ponen el acento en las acciones que mejor describen nuestro presente confuso: “Innovar”, “(In)Formar”, “Diseñar” y “(El buen) trabajar”. Siguen a estos capítulos una “Inconclusión” y un breve excursus sobre el nuevo coronavirus, escrito ante la inminente cuarentena que comenzaba en marzo de 2020.

La obra en su conjunto nos enfrenta a un conglomerado de problemas interconectados, lo que se plasma en la fuerte interrelación que hay entre los capítulos. Además, se nos ofrecen algunas herramientas para comenzar a transitar el sendero de su resolución.

En la introducción, los autores dejan claro su objetivo: ofrecer un manual, un “toolkit cognitivo”, que sirva para impulsar a lxs lectorxs a intervenir de alguna manera en la realidad y para “liberar al genio colectivo de la botella individual”. Este último será uno de los hilos conductores del primer capítulo: ¿cómo son los procesos inventivos de hoy en día? ¿Sigue existiendo la figura del inventor, del científico loco que innova en su laboratorio al margen del resto de la sociedad?

Se dice que Newton se inspiró en una manzana que le cayó sobre la cabeza para formular su teoría de la gravitación universal. Este modo de narrar el origen de las teorías científicas está muy difundido socialmente, pero dista bastante de representar la realidad. Como notan Piscitelli y Alonso, más que de “genios creadores”, deberíamos hablar de “bandas creativas”: grupos de personas dedicadas a la ciencia que, además, construyen sobre lo ya hecho, sobre lo ya descubierto. Así, muchas invenciones se constituyen como condición indispensable para la existencia de otras.

Imagen extraída de Xataca

Asistimos, entonces, a un modelo de conocimiento construido de manera colectiva por agentes diversos. La Gran Ciencia, aquella que da forma a proyectos a gran escala, convive con una ciencia ciudadana desligada del Estado y del Gobierno. Al mismo tiempo, en plena época de posverdad, lxs artistas, científicxs, intelectuales, etc. ya no son vistos como portadores de la verdad o el conocimiento. Forman una suerte de “cognitariado”, es decir, un proletariado intelectual y mal pago que necesita de una formación constante y que debe enfrentarse a una gran cantidad de información inaprehensible para el método científico.

El modelo académico de recolección de datos parecería estar quedándose obsoleto frente al big data. Por eso, los autores hacen hincapié en la necesidad de generar herramientas para leer las inmensas bases de datos que son resultado de la digitalización de la sociedad. Además, la existencia de nuevas ideas requiere de una nueva estructura metodológica y de una revisión del modo de publicación científico-académico. El paper se nos revela, así, como un género inerte y alejado de la sociedad.

Como se señala en Innovación y barbarie, parte del problema consiste en que el procesamiento de la información parece ir muy por delante de las herramientas que permiten analizarla y exhibirla de manera comprensible. Desde Luthor, en nuestro interés persistente por las metodologías, nos preguntamos: ¿Qué implicancias tienen estas ideas para las ciencias de la comunicación y las letras? ¿Podemos considerar que las ciencias de la comunicación y los métodos de divulgación científica están a la orden del día? Responder esta última pregunta por la positiva parece requerir un esfuerzo por sacar argumentos de donde no los hay. ¿Cómo puede lx críticx de la cultura hacer un análisis de una cantidad de obras cuya lectura le llevaría más que la vida entera? Existen algunas propuestas concretas, como la lectura distante de Moretti [1], que no están exentas de problemas. Analizar patrones o recurrencias nos haría perder de vista lo particular de cada producto cultural. Nos encontramos en una encrucijada.

Como notan los autores del libro aquí reseñado, reconstruir la ciencia requiere, además, superar la ceguera amnésico-cognitiva producida por lo digital. Uno de los mayores aciertos del libro es mostrar cómo nos cuesta cada vez más pensar la tecnología por fuera de lo digital. ¿No hay nada en lo que necesitemos innovar que esté desvinculado de los smartphones, las computadoras y el internet? ¿Qué inventos se necesitan para hacer más fácil nuestra vida cotidiana? Alonso y Piscitelli llaman la atención sobre este hecho que linda con muchas de las ideas propias de lxs filósofxs del aceleracionismo [2]: las grandes empresas innovan, pero lo hacen en una única dirección.

“No vemos que no vemos” es el leitmotiv del libro que debería constituirse como premisa para pensar una vida más vivible y un mundo más habitable. Asumir los propios sesgos es una tarea que el primer capítulo nos deja pendiente a todxs lxs lectorxs. Esta labor, difícil en sí misma, va de la mano de otra: combatir el secuestro de la atención al que nos someten las plataformas GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple). Estas empresas generan filtros burbuja que nos muestran sólo aquello que queremos ver, aquello que ya nos gusta, aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Como dicen los autores, son generadoras de “verdades a medias” y “hechos alternativos” que dificultan el poder ponernos de acuerdo sobre qué es real y qué no lo es.

Imagen de Marcelo Plaza. Extraída de Flickriver

En relación a esto, el libro analiza el funcionamiento de Facebook, en el que los flujos son más importantes que los recursos: la forma en que lx usuarix interactúa con el contenido es mucho más significativa que el contenido en sí mismo. Si el like hace a Facebook girar, entonces, deberíamos repensar nuestro lugar en tanto usuarixs dentro de la red. Los autores, entre otros consejos, proponen curar nuestra propia lista de influencers, no dejar que los algoritmos (que son efectos de la ideología, a la vez que producen ideología) elijan el contenido por nosotrxs.

Frente a la cantidad de información, debemos buscar la calidad. El segundo capítulo pone de relieve esta tensión (cantidad versus calidad) más allá de las redes sociales. Por eso, es menester identificar los elementos relevantes y significativos dentro del mar de datos y simplificar la comunicación con el público. Esto implica enfrentarse a tres prejuicios: 1) el reconocimiento abusivo de patrones, 2) la narrativización excesiva y 3) el prejuicio de confirmación (generado, en parte, por las burbujas de información ya mencionadas). Para ello, vale la pena hacerse una pregunta clave: ¿cómo conocemos? La respuesta, anclada en la tensión entre la cultura y la biología, no es sencilla. Hace falta reconocer que la observación científica está cargada de teoría desde el primer momento. Las viejas afirmaciones de Saussure acerca de cómo la mirada construye al objeto se revitaliza cuando pensamos, por ejemplo, que la inteligencia artificial reproduce los prejuicios de sus creadores.

En este contexto, los autores destacan el concepto “interfaz” tal como fue desarrollado teóricamente por autores como Lev Manovich. Se preguntan si las maneras en las que accedemos a los datos modelan o no nuestro comportamiento. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Nuestra forma de pensar? ¿Nuestra forma de actuar? ¿Nuestra humanidad está definida por las interfaces? Mientras todos estos interrogantes permanecen abiertos, los autores proponen establecer un “enfoque centauro” que sume la creatividad humana a la potencia de la máquina incorporando a lxs estudiantxs como motores de conocimiento.

Desplazar el foco desde la enseñanza al aprendizaje de esta manera implica crear un nuevo modelo educativo que, además, establezca claramente que la formación no termina: se aprende durante toda la vida. En cuanto a la pedagogía, nuevamente aparece la tarea de rediseñar la información para resolver la “infoxicación”: el nuevo diseño tendrá que ser bello y atractivo, a la vez que necesitará tener un sustento. Se trata de una suerte de Platón 2.0: el nuevo diseño deberá dar cuenta de lo bueno, lo verdadero y lo bello.

Por eso, el verbo que da título al tercer capítulo es “diseñar”, tomado en un sentido amplio: la ciudad, el aula y el laboratorio deben ser reestructurados para convertirse en un espacio de intervención. Es fundamental fomentar la búsqueda de herramientas que hagan que la ciencia se ponga al servicio de la gente. Uno de los ejes más interesantes del capítulo es aquel que estudia el vínculo entre el trabajo y la identidad. Hoy en día, los empleos estatales parecen ser los únicos que se desarrollan de por vida. La relación con el trabajo ha cambiado y se ha burocratizado. Además, quienes están en la base productiva son los que más alejados se encuentran de la toma de decisiones. El desafío es pensar nuevas organizaciones heterárquicas que se alejen del sistema de redistribuciones occidental altamente personalista y que fomenten una suerte de liderazgo colectivo. Pero ¿cómo hacer esto cuando uno de los principales resabios del pasado en las sociedades actuales es la práctica lídercéntrica? Las decisiones de la mayoría se depositan en una sola persona y, en medio del capitalismo basado en la economía de la atención, lxs seguidorxs ya no se dominan, sino que se persuaden. De lo que se trata es de rediseñar las vidas, la libertad, la información.

Entre las páginas de Innovación y barbarie se despliegan una serie de propuestas que, últimamente, han tenido cierta resonancia mediática, como la reducción de la jornada laboral y la instauración de una renta universal. ¿Qué vínculos tiene esto con la automatización que amenaza con quitarnos nuestras profesiones? Este interrogante nos permite sumergirnos en el cuarto capítulo. En principio, los autores subrayan que hacen falta nuevos contratos sociales para generar un trabajo de calidad, significativo.

La rapidez con la que los trabajos cambian y se relacionan cada vez más con las nuevas tecnologías no ha permitido que el Estado se adapte en términos regulatorios. La nueva Ley de Teletrabajo que comienza a regir el 1 de abril de 2021 en Argentina (y que fue debatida meses después de la publicación del libro) podría considerarse un avance en este sentido, pero aún queda mucho por hacer. Una pregunta que permanece abierta es cómo legislar sobre profesiones que todavía no existen. El capitalismo de plataformas ha demostrado en reiteradas ocasiones que esto es un problema que debemos discutir. Pensemos, por ejemplo, en aplicaciones como Rappi o Uber y las condiciones a las que son sometidxs sus trabajadorxs ante la falta de legislación.

Por otro lado, la tensión entre el modelo de plataformas y el de las industrias no permite un avance combinado. Vivimos épocas de productividad récord y, al mismo tiempo, caídas catastróficas del salario y la cantidad de puestos de trabajo. La innovación crea oportunidades que están mal distribuidas y, muchas veces, no produce una mejora de forma automática.

Los autores ensayan algunas propuestas que, a su juicio, pueden servir para resolver estos problemas: crear políticas reguladoras de la digitalización, diseñar empleos a medida de la demanda, trabajar con datos concretos y reales, combatir el analfabetismo ilustrado, es decir, rescatar solo lo importante de esa vorágine informativa que no podemos digerir ni elaborar.

En la “Inconclusión” se resumen los objetivos del libro y los interrogantes principales que han planteado. Todo se traduce al binomio innovación y barbarie: nunca tuvimos tanta información, nunca usamos la información de forma tan irresponsable, nunca la derrochamos tanto. El libro es una caja de herramientas para, al menos, comenzar a transitar la resolución de algunos de los muchos problemas que se mencionan. Los cuatro capítulos, divididos en apartados que los autores llaman “cápsulas”, se alimentan de una cuantiosa bibliografía y hacen un diagnóstico del presente al que nos enfrentamos todos los días. Cualquier reseña se quedaría corta a la hora de mencionar las variadas aristas de los problemas estudiados. Los numerosos conceptos que salpican las páginas vienen de distintos ámbitos científicos, buscando esa “omnidisciplinariedad” por la que abogan los autores.

El excursus sobre la todavía contemporánea pandemia invita a pensar al nuevo coronavirus como un “hiperobjeto” [3] en términos de Morton y plasma de forma contundente el binomio recién mencionado: es la innovación la que ha permitido una transmisión instantánea del virus. El lema “no vemos que no vemos” se traduce concretamente a la incapacidad de anticipar la pandemia, de tener nuestros sistemas de salud preparados para un acontecimiento como tal. Transcurridos varios meses desde la publicación del libro, podemos pensar en que no todo está perdido. Si bien fuimos testigos de las consecuencias de la infoxicación (quema de barbijos, ingesta de dióxido de cloro, etc.), también vimos cómo la ciencia se cargaba la pandemia al hombro y, en tan solo un año, identificaba el virus y desarrollaba una serie de vacunas. Además, hubo una colaboración global en términos de recursos e información. Vimos la innovación y vimos la “barbarie”, un término que también podríamos discutir y que en el libro se da por sentado, a pesar de su semántica polémica… Pero eso ya es otro problema.

Bibliografía

Piglia. R. (1980). “Notas sobre Facundo”. En: Punto de vista. Año 3. No. 8, marzo-junio de 1980.

Piscitelli, A. y Alonso. J. (2020). Innovación y barbarie. Verbos para entender la complejidad. Barcelona: Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya.

Notas

[1] La lectura distante consiste en un método de análisis de textos fundamentalmente cuantitativo, basado en el reconocimiento de patrones o sistemas. Se enfoca en unidades como los recursos, los temas, los tropos, los géneros, etc. Para una discusión más profunda sobre este concepto ver: Burello, M. (2016). “Sobre Lectura distante, de Franco Moretti”. En: Exlibris. No. 5. Pp. 582-584. Disponible en: http://revistas.filo.uba.ar/index.php/exlibris/article/view/3053/1000.

[2] A grandes rasgos, la teoría aceleracionista sostiene que el capitalismo y la tecnología deberían acelerarse. Lxs aceleracionistas de izquierda, en particular, afirman que el capitalismo reprime las fuerzas productivas de la tecnología y las dirige hacia fines innecesariamente estrechos. Desde esta perspectiva, se vuelve necesario reconducir los posibles usos tecnológicos para ganar los conflictos sociales. Para más información ver: Amado, A. (2017). “Aceleracionismo, o cómo destruir al capitalismo desde adentro”. En: Revista Luthor. Nro. 35. Pp. 61-68. Disponible en: http://www.revistaluthor.com.ar/pdfs/182.pdf.

[3] De acuerdo con Morton, los “hiperobjetos” son entidades de gran escala, no localizables, distribuidas masivamente en tiempo y espacio, que actúan a través de otras entidades. Por ejemplo: el calentamiento global se hace visible a través de una serie de fenómenos como el desequilibrio en las temperaturas, el descongelamiento de glaciares, etc. Para más información ver: Morton, T. (2018). Hiperobjetos. Filosofía y ecología después del fin del mundo. Adriana Hidalgo editora.