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Presentación del número 42

por Mariano Vilar

En su The Language of New Media (1999), Lev Manovich llama la atención una y otra vez sobre el copypaste como una forma de operar sobre los distintos soportes mediáticos (sonido, imagen, video, texto) que caracteriza la nueva medialidad digital. Incluso si los procedimientos computacionales con los que realizan estas operaciones varían significativamente de acuerdo al tipo de objeto, estas diferencias quedan homogeneizadas a nivel de la interfaz de los usuarios. Veinte años después, el copypaste continúa siendo una operación cotidiana, solo que ahora comparte su universalización con otra función emparentada: “compartir” (share), cuyo ícono se ha vuelto un componente fundamental de nuestra cultura.

Gracias al “compartir”, cada dispositivo (y por extensión cada individuo) es un nodo de retransmisión de información en contextos digitales diferentes. Ya no se trata de “remediación” en el sentido original (en el que una pantalla transmite una pintura al óleo, por ejemplo), porque nos movemos siempre dentro del rango de los 0s y 1s. Un tweet sobre un video de Youtube se convierte en un disparador de conversación en Whatsapp que termina en un posteo de Facebook.

Esta lógica no discrimina contenidos: memes, clips musicales, artículos académicos, imágenes periodísticas. En el último mes, la violencia de la represión en distintos países latinoamericanos proveyó un variado muestrario para observar esta práctica. Si en la línea de la teoría de medios post-mcluhaniana desechamos el contenido del mensaje (cuyo valor equivaldría al de un “stencil en la cubierta de una bomba atómica”), ¿cómo interpretamos esta diseminación de trozos de la realidad en permanente retroalimentación que compartimos por todo el ciberespacio?

Desde la arqueología de medios (o al menos desde algunas de sus vertientes) las respuestas apocalípticas nunca pueden ser descartadas irreflexivamente, ya que dicen mucho acerca de cómo se conceptualiza la medialidad desde el presente y de cómo ese presente se construye sobre el pasado. En este horizonte apocalíptico/poshumanista podríamos decir que los únicos que se benefician de la llamada “batalla cultural” del “compartir” son las máquinas, cuya capacidad de operar sobre el planeta no se mide con la escala de los intereses particulares de colectivos humanos. El supuesto enfrentamiento entre medios hegemónicos y usuarios independientes que pondrían en juego su pensamiento crítico a la retransmisión de los contenidos socialmente comprometidos no sería más que la polvareda ideológica que disimula el triunfo inevitable de los verdaderos mecanismos de control. Romper “el cerco mediático” y denunciar a los bots a partir de un hashtag es, en este sentido, menos que una farsa. No es en la mesa a la que se sientan Mark Zuckerberg, Héctor Magnetto y Donald Trump donde se organiza la hegemonía: es en una enorme cantidad de servidores interconectados por cables submarinos que tienen como objetivo almacenar y reproducir datos infinitamente.

No hace falta ir hasta esos extremos. No hay duda, sin embargo, de que el estímulo permanente del “compartir” y los continuos flujos de indignación/admiración que produce (que se convierten inmediatamente en indignación por la indignación, admiración por la admiración, admiración por la indignación de la indignación, etc.) exigen una reflexión que vaya más allá de identificar medios que transmiten contenidos “aliados” y medios que transmiten contenidos “enemigos”. Desde ya, la idea de una serie de inteligencias artificiales conspirando para el embrutecimiento del espíritu humano y la disolución de la experiencia real no es más (ni menos) que un tópico sci-fi, pero el hecho de que los medios como modelo de negocios se basen en la permanencia de sus usuarios dentro de la órbita de sus efectos es una realidad indiscutible. La batalla cultural es indisociable de la guerra por nuestra atención (que involucra, por supuesto, mucho más que nuestra actividad consciente), y la modalidad del capitalismo en la que nos movemos opera en gran parte mediante la distribución de aparatos técnicos capaces de retroalimentarse con estrategias de remediación preprogramadas. Es contra este panorama que se recortan los paisajes utópicos y distópicos que hoy proyecta nuestro presente. La idea básica de la crítica de la ideología aplicada a los medios, permanecer en un estado de alerta constante para que los medios no controlen nuestra forma de pensar, adquiere una dimensión adicional si resignificamos la palabra “forma”. ¿No es una pregunta fundamental de los estudios literarios? ¿Es la forma un disparador de efectos estéticos? ¿O la presión de lo material sobre lo conceptual?

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Pensando en estas temáticas y en el lugar de la teoría y arqueología de medios en el ámbito de la carrera de Letras, el viernes 14 de junio de este año llevamos a cabo la mesa de debate "La arqueología de medios y los estudios literarios" en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. A partir de la presentación de los resultados preliminares de nuestra investigación y el diálogo con los docentes Marcelo Burello, Jerónimo Ledesma, Marcelo Topuzian y Julia Zullo se individualizaron líneas de trabajo ya existentes en la carrera relacionadas con este corpus teórico y otras de posible exploración. El resultado fue más que positivo tanto por la calidad de las presentaciones como por el interés que despertó en la comunidad académica.

En este nuevo número, que continúa el camino iniciado en los números 34 y 38 (y a su vez en diversos artículos publicados en otros números [1]), abordamos estas problemáticas a partir de una entrevista al teórico e historiador alemán Wolfgang Ernst, uno de los exponentes más importantes de la arqueología de los medios contemporánea. También publicamos una traducción de Manuel Eloy Fernández del “Manifiesto medioarqueologista”, firmado por arqueosignatarios varios. Ejercitamos la perspectiva de medios en el análisis literario en base a una interpretación de Kentukis, de Samanta Shweblin, a cargo de Maximiliano Brina y Yael Tejero. Por último, Mara Nievas escribe sobre la conservación de archivos digitales en relación con los videojuegos y Maximiliano Brina presenta una reseña del libro Máquinas de vanguardia. Tecnología, arte y literatura en el siglo XX, de Rubén Gallo.

Las reflexiones sobre medios se inscriben a su vez, en medios que son sus condiciones de posibilidad. Esperamos que ustedes, lectorxs que se autoperciben como humanxs (o al menos, como diría Kittler, los “así llamados humanos”) encuentren en este número de Luthor más contenido compartible y que no sean solamente los bots de los motores de búsqueda y la memoria RAM de los servidores en donde está alojada quienes se ocupen de mantener su existencia a flote.