Algunas líneas a propósito de Los Archivos_ Papeles para la nación

Reseña del último libro de Juan José Mendoza

por Maximiliano Brina

Para los archivos del polvo
Y de los libros, que son simulacros de la memoria,
Y me prodiga el animoso destierro,
Que es acaso la forma fundamental del destino argentino

J.L. Borges, “Un mañana”

Aquel comienzo es una sombra en la historia, una incógnita: los archivos de todo un siglo desaparecen y se borran en las dos ciudades. Podía haber sucedido cualquier cosa. En aquel breve momento histórico tan opaco empezó el caos de nuestra historia material, una anarquía cronológica, de restos dispares que deleitaban y horrorizaban a los investigadores.

China Miéville, La ciudad y la ciudad

“Archivo” conjuga tanto imágenes de documentos (papeles, fotos, etc.), polvo, tiempo, como las unidades que organizan el contenido de una computadora. La articulación de los papeles y los archivos, de lo analógico y lo digital —la digitalización— se vislumbra desde la portada de esta nueva publicación de Juan Mendoza que establece una continuidad con los núcleos de su producción reciente, continuidad enfatizada gráficamente por el guión bajo o underscore de filiación informática que agrega a los títulos de sus libros. El interés por el archivo, el patrimonio literario si se quiere, aparecía en la curaduría de la edición facsimilar de la revista Literal publicada por la Biblioteca Nacional mientras que El canon digital_ La escuela y los libros en la cibercultura (2011) o Escrituras Past_ tradiciones y futurismos del siglo 21 (2011) exploraban los cambios que la tecnología digital introdujo en los procesos de lectura y escritura. La cuestión del archivo ha interpelado a pensadores como Michel Foucault o Jacques Derrida y, más recientemente, Benjamin Buchloh o Anna María Guasch. La oportuna publicación de este volumen entabla un diálogo con esa tradición y se inscribe en el creciente interés que el tema despierta en el campo de las humanidades, el “furor de archivo”, como lo denominó Suely Rolnik. En diálogo directo con El último continente_ mapas, e-Topías, cuerpos (2017) este volumen aborda la cuestión en una coyuntura caracterizada por la constante producción y acopio de un volumen de datos sin precedentes en la historia de la humanidad.

Aunque la Historia ocupa un lugar importante en el libro, la propuesta excede la mera historización del concepto “archivo” o de los desarrollos críticos en torno a él. La dinámica argumentativa se acerca más a la figura del asedio. Más que un acercamiento lineal, progresivo, Mendoza procede a través de una serie de asedios operados a partir de textos de carácter tanto ensayístico como metafórico, así como comentarios de libros y reportajes, algunos previamente publicados en medios periodísticos. Es esta una operatoria que ya había puesto en práctica y que lejos de caer en la fragmentariedad del compilado, da cuenta de una coherencia a la vez que evidencia una suerte de voluntad archivística interesada en preservar, fijar, esos textos dispersos en un mismo soporte.

La connotación militar de “asedio” no es ociosa. El primer punto que aborda el texto es la forma en que la maquinaria bélica puesta en marcha durante la Segunda Guerra tuvo una continuidad tanto en el desarrollo tecnológico que culminó, entre otras cosas, en internet como en la reconfiguración del mundo del arte, los museos y los archivos. Proyectos de pioneros de la informática fueron adaptados a las necesidades de la defensa en lo referente a la encriptación, transmisión y eventual almacenamiento de mensajes [1]. Simultáneamente se verifica que la relevancia del arte en períodos de paz resulta aún mayor en períodos de guerra. Durante los conflictos bélicos el arte pasa a ser un botín deseado; en la Segunda Guerra, esto impulsó el desarrollo e implementación de protocolos de salvataje y resguardo de las colecciones de los museos ante el peligro de saqueo o destrucción, como relata Robert M. Edsel en The Monuments Men. Tanto el caso de la información como el del arte suscitan interrogantes en torno al valor: la tensión entre lo valioso-almacenable y lo prescindible-desechable, sobre todo en aras de una noción de eficiencia que se ve comprometida por el riesgo del resguardo y acumulación de lo inútil. Esto cobra una inusitada relevancia en el contexto hiperdatificado e hiperdatificante de nuestro presente digital lo cual es analizado en el texto durante el diálogo con Roger Chartier quien sostiene que el mundo digital da una forma paroxística a la tensión entre el miedo a la pérdida y el temor al exceso y el desorden. En cierta manera Mendoza explicita aquí los interrogantes que insinuaba en el texto anterior. Si aquel giraba en torno a los datos (en particular que 3.270.490.584 millones de usuarios mundiales de internet —el 45% de la población mundial— genera cada 8760 horas más datos que en toda la historia de la humanidad o que en 17520 horas se duplican la cantidad de textos, imágenes y datos elaborados en las 43 millones de horas que tiene la historia de la escritura), la opción por los archivos reencuadra la cuestión en términos pragmáticos, de qué hacer. Más que pensar una suerte de poética de los datos, la perspectiva de los archivos asume el intento de definir qué leer y qué no, qué almacenar y qué descartar. Esta perspectiva se instala en una coyuntura en la que esa tensión mencionada por Chartier se articula con el debilitamiento disciplinar de la crítica y la teoría para impartir criterios estéticos o establecer cánones y el fortalecimiento progresivo de formas que, sea mediante algoritmos o participación comunitaria [2], configuran una “crítica en vivo”.

Subyace aquí una dinámica temporal en la que confluyen la sobrerrepresentación del presente (el mayor porcentaje de datos producidos en la actualidad es autorreferencial) con el hecho de que el pasado (y el interés por los archivos) nunca pareció tan grande y al mismo tiempo estar tan disponible. De hecho, nuestra actual condición de virtualidad parece detentar la aspiración pan-archivista de contener todos los pasados posibles, aspiración que resulta paradójica en tanto se sustenta en la sumatoria de fragmentos dispersos. Mendoza ya había explorado estos contrastes en Escrituras past_, noción que definió en diálogo con Luthor [http://www.revistaluthor.com.ar/spi...] como condensación de pasado y apócope de Copy & Paste que le servía para poner en diálogo la revista Literal de los setenta y la producción literaria argentina del siglo XXI. Los Archivos_ retoma esta propuesta, en particular a partir del diálogo con Agustín Fernández Mallo, y permite atisbar una praxis de lectura y escritura digital que (re)samplea la tradición en tiempo real, una praxis donde la tecnología no ocupa un lugar referencial sino que oficia de interfaz para la codificación y decodificación textual.

¿Qué hacer con el pasado? Devenidas ceros y unos, las tensiones del pasado son remixadas en el presente. Pero Mendoza se interesa también por el aspecto material, analógico, de esas tensiones en la extensa conversación con el editor Jorge Álvarez, la consideración de nuevas formas de coleccionismo y, especialmente, la cuestión del destino y domiciliación de los archivos y bibliotecas personales o nacionales. El texto recupera la polémica en torno a la renuncia en 2007 del entonces subdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio Tarcus, quien sostuvo que la dirección de Horacio González privilegió la difusión cultural antes que la modernización de la biblioteca y la adquisición de material para enriquecer el patrimonio. Al margen de un modelo de gestión el problema de fondo era el ofrecimiento hecho por Google de hacerse cargo de la tecnologización y digitalización de bibliotecas latinoamericanas que González leía en términos de actos de acopio neocoloniales. Mendoza recupera a Derrida para pensar lo interior y exterior al archivo en un eje que concibe la Nación como un adentro-legítimo antepuesto a un afuera que no lo es y que, sostiene el autor, compromete el patrimonio bibliográfico de la región. Un afuera conformado por instituciones —bibliotecas, archivos — que se han hecho con los papeles de escritores nacionales. Es el caso de la Firestone Library, descripto en el apartado “Perdidos en Princeton”, que resguarda manuscritos de Alejandra Pizarnik, Ricardo Piglia y Juan José Saer. El texto habilita interrogaciones en torno a la existencia o no de políticas o proyectos de resguardo y digitalización en Argentina y si efectivamente están “perdidos” esos papeles en la biblioteca de la Universidad de Princeton. En última instancia la pregunta sigue siendo la misma: qué hacer con los archivos. En este punto, el texto se articula con la producción previa de Mendoza atravesada por la interpelación que suscita lo digital en términos de qué nuevos objetos literarios, qué nuevos textos, genera el cruce de la tecnología y la producción artística así como qué nuevas estrategias pueden proponerse para abordarlos. Las distintas líneas de interrogación que abre el texto confluyen en la propuesta de una “Historia de las Textualidades”.

Los archivos, esos nuevos textos resultantes de una permanente producción y almacenamiento de datos que redefinen la concepción de lo literario aun cuando no están estructurados como literatura, enfrentan la incapacidad o el desinterés de la crítica y la teoría. En ese contexto, sostiene Mendoza en una de las secciones más estimulantes del libro, “la opción por la literatura es una alternativa. Y la opción por la historia, es una respuesta”. No se refiere a una historia de autores, obras o movimientos estéticos sino una

Historia de las Textualidades, que sea capaz de abarcar la relación dialéctica entre varias historicidades en conflicto: la de los textos y la de las culturas -la cultura letrada, la cultura industrial, la cibercultura —; la de la escritura y la de la lectura; la de los discursos efectivamente inscriptos y la de la literatura. Una historia que sea capaz de ceñir las transformaciones de los textos desde la cultura manuscrita a la época de su reproducción digital, pasando por la edad de los impresos, la cultura libresca y la cultura tipográfica. La historia que constituye todavía las posibilidades mismas de la teoría y de la crítica, capaz de encontrar en los textos esos avatares a la vez perdurables y mutantes, físicos y materiales, imaginarios y virtuales que hacen a la cosa escrita, más allá de la cultura de los soportes o de los períodos históricos de los que se trate.

La opción por los archivos dista de la apropiación nostálgica del pasado; implica una mirada crítica que complejiza la (temporalidad de la) era digital —“Quizá el futuro no sea otra cosa que un deformado retorno del pasado. ¿Es eso el presente?”, pregunta Mendoza —. La propuesta es oportuna no solo por ocuparse del furor archivístico cuyo estudio a nivel local es aún incipiente. En un contexto de anemia crítica y teórica, la “Historia de las Textualidades” incita una aproximación más amplia, que se ubica de lleno en el mundo digital pero excede la mera instrumentalidad referencial que perpetran estudios a-la-Moretti y las autodenominadas humanidades digitales. La propuesta permite también agenciamientos con otros desarrollos teóricos recientes como los que reevalúan la relación entre literatura y nación, nuevos comparatismos que adoptan perspectivas transnacionales a favor (o en contra) de una literatura mundial, así como la denominada teoría de medios que se ocupa de los principios de almacenamiento, transmisión y procesamiento de información a la vez que estudia, con una perspectiva arqueológica, la manera en que nuevas tecnologías desestabilizaron la hegemonía de la escritura tipográfica en una perspectiva en la que lo digital excede el soporte. Finalmente, el texto da visibilidad a proyectos aislados de digitalización a la vez que instala (o al menos sería deseable que instalara) una discusión sobre la necesidad de una política nacional para con los archivos y el patrimonio documental, su preservación y almacenamiento digital.

Los archivos siguen ahí, ya sea en polvorientos anaqueles institucionales o en lo más recóndito del árbol de directorios de un soporte digital. Los Archivos_, por su parte, nos hace conscientes de su existencia a la vez que estimula a pensar qué hacer con ellos.

Notas

[1] A desarrollos como el masivo ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Computer) de la Universidad de Pennsylvania y el gobierno estadounidense se sumaría la creación, a fines de la década del sesenta, de ARPAnet (Advanced Research Projects Agency Network) sindicado como antecedente de la actual internet.

[2] Basta pensar en el funcionamiento de sitios de ventas online o redes dedicadas como Goodreads (comprada por Amazon en 2013) o Alibrate así como las comunidades de lectores en Youtube, Instagram, etc.