Desde el medio

Presentación de LUTHOR #34: Cultura digital y medialidad contemporánea

por Grupo Luthor

I see the sky, it’s so beautiful and blue
The TV’s on but the only thing showing
Is a picture of you

Friedrich Kittler, una de las figuras recurrentes en los estudios de medios (o media theory) de las últimas décadas, relaciona las formas de la lectura y la escritura en las sociedades tecnológicas con el criptoanálisis. En cierta medida, esto es evidente: la lectura y la escritura de los enunciados que conforman esta revista dependen de una serie de procesos considerables que re-codifican inputs de teclados en un código binario, lo envían a través del mundo y lo reproducen, de nuevo, en un formato decodificable para un ser humano con competencias lingüísticas elementales. La densidad creciente de estas operaciones es, como señalan también los filólogos e historiadores del libro, la condición necesaria para que observemos retrospectivamente su influencia en la Historia. Si San Agustín podía reprender a sus discípulos porque, cuando él señalaba al cielo, ellos se detenían en su dedo, hoy por hoy las antenas satelitales demandan nuestra atención con mucha más premura. En la última temporada de Twin Peaks, cuando Lucy, la telefonista superficialmente naif exclama “‘¡ahora entiendo los teléfonos celulares!”, nosotros entendemos (por lo que acaba de suceder frente a sus ojos), que su revelación no es inferior a la del obispo de Hipona en las Confesiones.

Esto, sin embargo, no siempre se comprueba en los estudios literarios. Para nosotros, “análisis de los medios” suena a algo que harían personas que estudian Ciencias de la Comunicación y que, por lo tanto, no nos interesa o compete; o como una forma sofisiticada de denominar al análisis retórico-ideológico del discurso periodístico; o incluso, en el peor de los casos, como una forma de embellecer lo que no es más que una repetición ad infinitum del cuadrito escolar que señala un “emisor”, un “mensaje” y un “receptor” con distintas variaciones más cool (‘prosumidores’, etc.). A estas objeciones “disciplinares” se les superponen otras de carácter político. Así, el análisis de medios puede ser visto como un peligroso coqueteo con formas de expresión masivas inherentemente inferiores en su naturaleza a la expresión literaria; como una rendición frente a las huestes industrial-mercantiles que desarticularon el potencial revolucionario de la expresividad poética en pos de legitimar el consumo de series de Netflix y HBO. Peor aún, puede ser percibido como una precarización de corte tecnocrático que aspira a refuncionalizar a los inútiles o subversivos lectores y redactores de cuentos y ensayos críticos en mano de obra calificada para seguir tendiendo cables (literales y metafóricos) y así expandir el ecosistema mediático de Google, Apple y Microsoft.

A todas estas eventuales objeciones, hay que agregarle una más compleja de precisar, pero que no puede pasarse por alto: la tensión entre la literatura y “los medios”, entendidos en el sentido estrecho de “los medios masivos de comunicación”, es decir el cine, la TV, la radio, la telefonía móvil, etc. Esta puja atraviesa todo el siglo XX y abarca las manifestaciones culturales más diversas, desde las vanguardias de los ‘20-’30 a Julián Weich diciendo en la televisión del subte que hay que apagar un rato la tele y leer un buen libro; sin olvidar al comentarista de Game of Thrones que nunca deja de recordarnos que, en las novelas de GRRM, la psicología de los personajes es dos o tres veces más compleja. En términos más generales, el abandono de la concepción de la literatura como medio de expresión del espíritu o como dispositivo de representación de una realidad externa vino de la mano, como sabemos, de la entronización del lenguaje (y,, más puntualmente, de la estructura no-tan-”heteróclita” de la langue) y de su capacidad inmanente para producir sistemas de valor indiferentes respecto de la (quizás inexistente) exterioridad. El rostro del “hombre” que se borraba en la playa de la Historia al final de Las palabras y las cosas no iba a ser reemplazado originalmente por un emoji. En 2010, David Fincher reescribía la parábola foucaultiana mostrándonos a un joven Mark Zuckerberg y sus colegas bosquejar con un marcador el algoritmo que preanuncia Facebook en la ventana de su dorm en Harvard. Cualquiera (que supiera lo que estaba buscando) lo hubiera encontrado fácilmente, declara más tarde al ser juzgado por violar la integridad informática y moral del campus.

Pero ya basta de antagonismos. En muchos otros sentidos, el análisis literario y sus zonas adyacentes forma parte del análisis de medios. Barthes escribe en paralelo al crecimiento de la cibernética, tal como señala Juan Mendoza en la entrevista que le hicimos para este número. “El medio es el mensaje/masaje” dijo McLuhan, y nosotros decimos que “la forma es el contenido” o, por lo menos, que la forma del contenido es el contenido. Los medievalistas nos han convencido hace tiempo de que, sin las particularidades del “códice” en tanto medio, Agustín habría sido tan incapaz de alcanzar la revelación mediante la Biblia como nosotros de descargar un torrent con una conexión dial-up.

El criptoanálisis es nuestro pan de cada día. En vez de tratar de descifrar una mala traducción de algún teórico alemán o los destinatarios ocultos de alguna boutade derridiana, sólo tenemos que volcar nuestra atención en cómo un mundo ficcional es también (¿o sobre todo?) una construcción mediática que reproduce en sus diferentes niveles la configuración de las condiciones técnicas y epistémicas que posibilitan su producción y reproducción. Es evidente que las ficciones contemporáneas ponen un énfasis en esta cuestión, incluso al nivel del contenido más superficial (cfr. Black Mirror). Obsérvese al joven Will en la segunda temporada de Stranger Things, cuyo cuerpo poseído por una sombra (visible mediante un televisor) sólo dice la verdad cuando se comunica en código morse, como una versión actualizada de las letras de molde que se imprimían en el estómago de Regan en El exorcista y que se contraponían a los mensajes demoníacos que solamente podían ser descifrados mediante la reproducción invertida de cintas de audio. En esta línea, dentro de este número Guadalupe Campos reflexiona en "Velocidad del relato y velocidad del medio" sobre los problemas del anacronismo y los sistemas de comunicación al interior de mundos ficcionales. Por su parte, Romina Wainberg se pregunta, en ‘Dónde esta la ciencia en ‘ciencia ficcion’” sobre la relación entre las posibilidades abiertas por la tecnología para distribuir saberes y la conformación de mundos ficcionales científicamente verosímiles.

Pensando en términos comparatísticos, la trasposición mediática y todos los fenómenos que pueden englobarse en el concepto de “transmedialidad” parecen surgir como una de las determinaciones más evidentes de nuestro ecosistema mediático. Incluso si podemos hablar de fenómenos análogos en el pasado remoto (como los vitrales de una Iglesia que reproducen escenas de la Biblia), no es difícil entender que las condiciones de reproductibilidad extrema de nuestras ficciones, que ya son planificadas teniendo en cuenta esta potencial transmigración,son el ámbito de renegociación permanente de lo “literario”. Véase al respecto el artículo de Diego Rosain, “Clásicos de ayer y hoy: el manga como reescritura del canon literario universal”, que se refiere a este problema del cruce entre transmedialidad y transculturación a partir de las adaptaciones al manga del Quijote. Por su parte, Lelia Fabiana Pérez se pregunta por el cruce entre cine y videojuegos a partir de la narratología en su artículo “Dilemas narratológicos e intersección de dispositivos”.

En rigor, la teoría de los medios no es un área nueva para Luthor. Hemos publicamos diversos artículos que apuntan a tratar este tema en el análisis de mundos ficcionales y en dispositivos específicos como los videojuegos. Una parte importante de las corrientes internas de las “humanidades digitales”, ya sea de forma consciente o simplemente inevitable, se encuentra ubicada en medio de este panorama que resalta la especificidad de los medios en el momento de su potencial unificación bajo el paradigma computacional. En términos todavía más concretos, el artículo de Adalberto Müller y Erick Felinto aporta un panorama sobre algunos de los autores más relevantes para pensar estos temas en el presente.

En términos más generales, construir una reflexión sobre los medios nos permite ubicarnos en un punto neurálgico del cruce entre la materialidad (en términos de tecnologías, de cuerpos, de herramientas) y las representaciones, que interpela tanto la distinción entre lo literario y no literario como entre la ficción y la no ficción para construir otros puntos de contacto y otros recortes disciplinarios. La semiología, si es que alguna vez realmente existió, ya no puede proponer la “materialidad” del signo frente a la abstracción del significado. La materialidad es una circunstancia tecnológica entendida en el sentido amplio, que incluye la oralidad. El meta-lenguaje, o sea la posibilidad de una reflexión sobre el lenguaje que no padezca sus propios condicionamientos lingüïsticos, ha sido negada hasta el infinito. El meta-medio, de acuerdo con Lev Manovich, es la cultura del software en la que vivimos. Las condiciones de su posibilidad son lo que no podemos dejar de discutir.

Incluso si descartáramos por completo la lista de prejuicios disciplinarios y políticos con la que empezamos esta presentación (cosa que bien podría ser imposible), existen otras dificultades que no pueden soslayarse fácilmente. Por un lado, la dimensión técnica del asunto parece interponer una barrera a nuestras proyecciones ensayístico-especulativas. ¿Cuánto se puede/debe escribir sobre Internet sin conocer el funcionamiento de un servidor, o sobre ‘los algoritmos” de las redes sociales sin tener idea del lenguaje en el que están programados? Por otro lado, todo ángulo materialista corre el riesgo del determinismo y de la mono-causalidad. La tentación (muy frecuente en McLuhan) de reducir un fenómeno a las interacciones mediáticas que lo atraviesan puede implicar reducirlo a una supuesta unidad (“la era Gutenberg”) que obture nuestra capacidad de captar su funcionamiento específico. Muchas de las ideas, emociones o afectos con los que interactuamos parecen mantener su estabilidad aun a pesar de las diferencias materiales que surgen de los medios y las tecnologías con las que están asociados en cada circunstancia. Si no tenemos esto en cuenta, corremos el riesgo de reducir cualquier contenido a las formas en las que nos resulte accesible, que no es más que otra forma de repetir lo que Agustín declaraba de su dedo apuntando al cielo. Después de todo, el cielo sigue ahí, y no es necesariamente cierto que los satélites y ondas de radio que lo atraviesan hayan transformado por completo la experiencia de contemplarlo. La posibilidad contraria amerita todavía ser pensada, al menos si no queremos caer en un entusiasmo apocalíptico que hace de cada actualización de Whatsapp el horizonte final de nuestra sensibilidad.