Revista Luthor, nro. 63 (octubre 2026)ISSN 1853-3272

Presentación

Fósiles, huellas, pervivencias

Presentación del número 63

Mariano Vilar

¿Qué queda hoy de la teoría literaria del siglo XX y qué seguimos haciendo con esa herencia? El número 63 de Luthor se organiza alrededor de tres tensiones que la atraviesan y que ninguno de sus textos se propone resolver: entre la especificidad literaria y la ampliación de su campo, entre lo local y lo universal, y entre lo que puede transmitirse de la literatura y lo que solo puede atravesarse.


La teoría literaria del siglo XX fue un animal monstruoso y gigante que dejó huellas cuyas medidas seguimos tratando de calcular. ¿Cuánto de lo que damos por descontado hoy de cualquier fenómeno literario o “cultural” deriva de los efectos sísmicos que produjeron esas pisadas? Buena parte de la reflexión teórica contemporánea está abocada a describirlas, ya sea a través de historias cada vez más finas sobre sus condiciones de posibilidad, de los caminos que trazaron o de aquellos que dejaron sin explorar. Desde Latinoamérica, como desde África o Asia, se evalúan los ecos lejanos y no tan lejanos de ese andar colosal que crece con cada rememoración.

Pero el monstruo ya no camina, o se dividió en criaturas más pequeñas y de andares vacilantes; sus recorridos se multiplicaron, se superpusieron, se ampliaron en direcciones de lo más variadas. La teoría literaria dejó de ser un discurso capaz de producir ondas expansivas y pasó a estar bajo la influencia de otras corrientes o “modas”. Lamentarse por ello, a esta altura, es ocioso. Incluso si pudiéramos, no es tan claro a qué momento de la teoría querríamos “volver”. Sus recuperaciones oscilan entre dos polos: una añoranza por la especificidad (recuperando, por ejemplo, la dimensión estética, la lectura, la textualidad) o por su capacidad de ampliar la literatura y conectarla con su “campo ampliado”. Podría argumentarse que ese recorrido es la dialéctica misma de la teoría literaria del siglo XX (si es que es necesario aclarar, ya que es discutible que haya una “teoría literaria” fuera de ese siglo), y que cualquier fase de su camino contiene todo su desarrollo. La misma huella de la teoría recorta los perímetros de los estudios literarios que ayer u hoy se pretendieron “anti-teoricistas”.

Una sensación recurrente para cualquiera que quiera avanzar en el estudio de la teoría es que ya se escribió suficiente. ¿Cuántos de nosotros de hecho exploramos en profundidad la obra de siquiera un autor como Derrida, Barthes, Kristeva, Bajtín o Lukács? No es solo que sea difícil imaginar las condiciones para dar un paso que se adelante a lo que ellos avanzaron: el solo trabajo de empezar a caminar se vuelve cada vez más hercúleo. Pero no nace, por contraposición, el deseo de incendiar la tradición. Como en otros ámbitos de nuestra cultura, todo permanece vivo y muerto a la vez.

Leer de forma desviada, selectiva y a veces violenta siempre fue una prerrogativa de la teoría. Los gigantes del pasado escribían a veces como si lo supieran todo, y aunque no podemos negar que muchos de ellos fueron hijos de un mundo erudito que hoy ya no puede replicarse, sus pretensiones a menudo contrastan con la realidad. El hambre por la novedad, incluso por la invención de nuevos conceptos, no ha desaparecido. Pero se ha desperdigado de maneras mucho más difíciles de rastrear por los infinitos caminos que se bifurcan de la producción académica.

Así como la teoría se vio atravesada de cabo a rabo por la tensión entre la especificidad literaria y la ampliación del campo de batalla semiológico, en el siglo XXI buena parte de la discusión pasa por la tensión entre lo local y lo universal. Los lectores latinoamericanos a menudo revoleamos los ojos al leer a Foucault o Barthes definir la totalidad del hecho literario a partir de tres autores franceses. Las respuestas a eso han sido bien documentadas y van desde una aceptación a menudo implícita de que los conceptos europeos sirven igual de bien para textos no-europeos a un rechazo categórico de lo universal en busca de una especificidad irreductible de lo que se produce en cada contexto. Entre estos extremos vivieron y viven las apropiaciones críticas, las teorizaciones locales y los raros intentos de discutir de igual a igual, pese a las diferencias obvias entre capitales simbólicos y aparatos de reproducción académicos.

Lo que atraviesa esas distancias, sin embargo, rara vez es una obra teórica en toda su complejidad. Las teorías viajan mal y viajan livianas: lo que efectivamente circula entre aparatos de reproducción desiguales es casi siempre una fórmula abreviada, un rótulo que puede citarse sin haber leído, enseñarse en una clase y repetirse en un examen. La paleontología tiene una regla que viene al caso: las huellas fósiles reciben un nombre de género propio, independiente del animal que las dejó, porque casi nunca resulta posible establecer la correspondencia entre una cosa y la otra. Las teorías se nombran de un modo bastante parecido. La etiqueta se adhiere a la huella y no al cuerpo, y una vez adherida es prácticamente imposible de despegar.

Llama la atención, además, cuántos de esos rótulos son acusaciones. “Formalismo” es el caso ejemplar. A Propp se lo llamó “formalista ruso”, categoría que sus presuntos integrantes nunca aceptaron y que en su origen se usaba de modo peyorativo. A la tradición crítica brasileña que fundan Antonio Candido y Roberto Schwarz se la impugna hoy desacreditando operaciones elementales como la lectura atenta y el tratamiento de la forma estética en tanto contenido histórico sedimentado. Sobre Robbe-Grillet pesa una imagen formalista e impersonal, construida por sus primeros críticos, que obtura todo lo que su obra tiene de onírico, violento y erótico. Hace dos números dedicamos uno entero a los formalismos; este podría leerse como su continuación por otra vía, la de preguntarse no ya qué hicieron los formalistas sino qué hizo con ellos la palabra.

La pregunta por cómo sobrevive una teoría no es únicamente una cuestión de ideas ni de la variación de los contextos. A menudo se define en otra escala: un título recortado por un editor, una traducción apresurada, un prólogo leído en lugar de un libro, la bibliografía de una cátedra que decide durante veinte años qué se discute en un país. En este número hay dos materialismos trabajando a la vez. Uno es el de la tradición dialéctica, que busca en la forma estética un contenido histórico sedimentado y que desconfía, con buenas razones, de la aplicación mecánica de cualquier marco concebido para otro contexto. El otro mira un poco más abajo, hacia las condiciones de circulación.

La convocatoria pedía contracánones: lecturas desviadas, genealogías menores, teorías que emergen de lugares impensados. Una de las respuestas posibles es que el contracanon de un autor puede ser su propia obra. Vladimir Propp publicó Morfología del cuento en 1928 y siguió trabajando durante casi veinte años más: ensayos sobre el árbol mágico que crece en las tumbas, sobre la risa ritual, sobre el nacimiento milagroso, sobre Edipo, y finalmente Las raíces históricas del cuento, su tesis doctoral, seis o siete veces más extensa que aquel primer libro y concebida explícitamente como su culminación. Nada de eso circuló. Cuando Lévi-Strauss lo presentó a Occidente en 1960, había leído únicamente el libro de 1928, que para entonces tenía más de treinta años. Y el propio Propp había dejado escrito que su método servía para el folklore y nunca para la literatura: la teoría literaria armó parte de su relato de origen con un texto cuyo autor negaba que le perteneciera.

Hay una tercera tensión, menos nombrada que las dos anteriores, que este número deja a la vista. No es de alcance ni de geografía sino de disposición: opone lo que puede transmitirse de la literatura a lo que solo puede atravesarse. La Escuela de Ginebra quedó afuera de los programas de teoría porque no tenía un método claro que se pudiera enseñar: su forma de encarar los textos solo podía ser fragmentario y asistemático, lo que equivale a reconocer que no era un método. Propp, en cambio, entró en todos los programas del mundo con una lista numerada de treinta y una funciones.

Esta tercera tensión explica a las otras dos en lugar de sumarse a ellas. La razón por la que una teoría viaja como rótulo es exactamente la misma por la que puede enseñarse un martes a las nueve de la mañana. La fosilización no es pereza ni mala fe. Es el precio de la transmisibilidad, y no hay forma de esquivarlo. Pero tampoco hay refugio del otro lado, porque una crítica hecha solo de experiencia no deja nada que otro pueda retomar, y la desposesión absoluta del lector es, en el límite, el silencio.

Quizás la formulación más útil venga de afuera de la tradición que produjo el problema. Para Motoori Norinaga, conmoverse ante algo no era un reflejo pasivo sino una respuesta activa, proporcional a la profundidad con que se ha comprendido aquello que nos conmueve: una forma de inteligencia y no solo de sensibilidad. Se siente en la medida en que se sabe.

Que exista una formulación más feliz no significa que haya una salida. Ninguna de las tres tensiones se resuelve, y los textos que siguen tampoco vienen a resolverlas. Lo que hacen es habitarlas desde posiciones distintas y en algunos casos incompatibles entre sí: el artículo de Daniel Cantarín mide la distancia entre el proyecto científico de Propp y lo que efectivamente circuló de él; el de Jorge Caputo busca qué sigue vivo en la Escuela de Ginebra y encuentra la respuesta en su escritura; la entrevista a Danielle Corpas defiende una tradición crítica brasileña que hizo de la singularidad de la forma un modo de pensar la periferia, y evalúa las impugnaciones que hoy enfrenta; la de Christian Giordano sigue la entrada de la teoría literaria en Japón junto con la novela occidental, y el retorno actual de categorías anteriores a esa entrada, como el mono no aware; y la reseña de Franco Mateu, sobre Por un mañana voluptuoso de Bruno Grossi y Alain Robbe-Grillet, reivindica el placer como forma de conocimiento frente a una sospecha crítica vuelta rutina. Leído por separado, cada uno responde a su propio problema y a su propia tradición. Leídos juntos, dejan ver que están midiendo la misma huella desde puntos distintos, y que la elección del punto no es inocente: determina qué se ve, qué se deja afuera y qué nombre termina quedando pegado.

El llamado de este número preguntaba qué clase de fantasma nos queda si la teoría ha muerto. La pregunta supone un cuerpo, y la respuesta que proponemos es que no hay cuerpo que velar. Hay una marca enorme en el sedimento, hay discusiones sobre cómo medirla, y hay un conjunto de decisiones concretas que determinaron qué parte de esa marca llegó hasta nosotros. No es poco, y sobre todo no es lo mismo que haber conocido al animal. Conviene no confundir una cosa con la otra, aunque la confusión sea la forma normal en que la teoría se transmite, sobrevive y se regenera.