Revista Luthor, nro. 63 (octubre 2026)ISSN 1853-3272

Entrevista

Crítica dialéctica y literatura contemporánea en Brasil

Entrevista a Danielle Corpas

Entrevista realizada por el Grupo Luthor. Traducción de Guadalupe Campos

Danielle Corpas es doctora en Teoría Literaria y profesora asociada en la Facultad de Letras de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) e investigadora del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq). En esta entrevista, analiza los desafíos de la integración crítica entre Brasil y Argentina, la vigencia y las disputas en torno a la tradición materialista de Antonio Candido y Roberto Schwarz, y las tensiones entre crítica dialéctica, estudios decoloniales y literatura contemporánea.


Brasil y Argentina suelen mirarse de espaldas pese a compartir obsesiones afines. Considerando su estancia de investigación en Buenos Aires y su conocimiento de ambos medios: si tuviera que trazarle a un lector argentino un mapa del campo crítico brasileño de hoy, ¿dónde ubicaría las líneas de fractura más vivas? ¿Y qué diferencias reconoce en el modo en que se lee y se enseña teoría a uno y otro lado de la frontera?

Al menos desde el punto de vista institucional, yo no diría que Brasil y Argentina se mantienen tan “de espaldas”. En los últimos años, a lo largo de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), la expansión del sistema universitario brasileño favoreció acciones de cooperación e intercambios. Pero, en verdad, el saldo podría ser mucho mayor. Basta pensar que el parentesco tan cercano entre las lenguas que hablamos es una ventaja enorme, que aprovechamos poco en la formación de los estudiantes: cualquier alumno de Letras en Brasil debería ser capaz de leer en español, aun sin tomar clases, pero eso no es una realidad. Ya en el plano del debate crítico, una parte importante del problema tiene que ver con una característica de la dinámica académica contemporánea que resulta contradictoria con la propia amplitud que señala el término “universidad”: la compartimentación del pensamiento en círculos teóricos casi incomunicables. Esto tiene muchas consecuencias nocivas para la crítica literaria, y una de ellas es el hecho de dejar fragmentados los esfuerzos de integración de la actividad intelectual en la región. Somos capaces de interlocuciones que cruzan fronteras, pero es raro que ese movimiento desemboque en diálogos internos que puedan favorecer una mirada más abarcadora sobre aquello que la experiencia de un lado ayuda a pensar sobre el otro. Por lo general, en el mejor de los casos, logramos incrementar diálogos sectorizados. Esto es empobrecedor, porque la confrontación de posturas es, obviamente, fundamental para el ejercicio de la crítica. Es solo que lo más común es operar únicamente con divergencias de matiz, aquellas que se dan dentro de un mismo campo teórico; las divergencias estructurales de puntos de vista teóricos dispares tienden a ser objeto de refutación, rara vez son contempladas en discusiones pautadas por una reflexión rigurosa.

Pensando específicamente en las circunstancias brasileñas, la dificultad de integración regional tiene al menos dos dimensiones elementales. La primera, una vez más, es institucional, de orden práctico: aun cuando disponemos de un presupuesto razonable, los cambios constantes de directrices y políticas de internacionalización de las agencias de fomento a la investigación dificultan la planificación y ejecución de proyectos de cooperación. Estamos atravesando una situación de este tipo justamente ahora, con la instauración de un nuevo régimen de asignación de fondos federales para la cooperación con universidades extranjeras. Además de esto, tenemos que hacer malabares para cumplir con las exigencias de un cientificismo en muchos aspectos incompatible con los estudios literarios. La segunda dimensión del problema es algo que tenemos en común: la sucesión de corrientes teóricas en posición hegemónica en los departamentos de Letras de los países periféricos, hoy importadas predominantemente de los poderosos centros universitarios norteamericanos. Una dinámica que restringe el alcance y el desarrollo de los trabajos conjuntos que se van forjando en cada momento, debido a que los debates (en el ámbito nacional o en la región geopolítica) están menos pautados por la acumulación de hipótesis, conclusiones o la actualización de cuestiones específicas que interesarían a ambas partes, que por generalizaciones y por la descalificación de abordajes, criterios, valores, objetos, corpus y categorías. Se trata de un flujo de sustitución periódica de paradigmas, al compás del prestigio que ciertas ideas, nociones, autores y títulos obtienen en el mercado académico global.

Este es un punto de convergencia en la manera en que lidiamos con la teoría literaria en los países periféricos, pero creo que es algo más marcado en Brasil que en Argentina. A pesar del ataque sistemático que viene sufriendo el sistema de educación pública argentino, tengo la impresión de que todavía resuena una tradición de confianza en la formación literaria, nutrida por inversiones pasadas en la red educativa en sus diversos niveles. También debe pesar la historia editorial de los países latinoamericanos de habla hispana, como la propia Argentina y México, que impulsa la producción local desde hace más tiempo que en Brasil. En cuanto a nosotros, existe un diagnóstico muy pormenorizado en un artículo de Fabio Durão, “Três ideias e uma aposta sobre a teoria literária no Brasil”. Él parte de la constatación de que, hoy, la teoría se constituye globalmente como una formación discursiva semiautónoma, un nuevo género de escritura que muchas veces incluso prescinde de la obra literaria. Y advierte que esta tendencia mundial se acentúa aquí debido a factores como la precariedad en la formación del público lector y el modo en que se constituyó nuestro sistema universitario en las últimas décadas, en especial el área de Letras (con la centralidad del productivismo, el cientificismo, etc.), lo que hace aún más difícil que el debate teórico adquiera una densidad local propia.

Frente a esto, pienso que los desafíos para trabajar más y mejor en la intersección de las experiencias de ambos países serían, como mínimo, los siguientes: garantizar la continuidad de acciones que promuevan la interlocución para lograr que, a partir de ellas, se constituya un campo de problemáticas en común, con posibilidades de densificarse y tener un impacto generacional en la formación de nuevos investigadores que lleven adelante perspectivas cruzadas, bajo las cuales puedan potenciarse nuestras obsesiones afines.

Mi experiencia con la Universidad de Buenos Aires puede servir de ejemplo sobre los alcances y límites de los modos de interacción que practicamos en el área de los estudios literarios. Estuve allí con una beca de investigación de la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ) entre fines de 2012 y comienzos de 2013, cuando conocí el trabajo del grupo liderado por Miguel Vedda en la Cátedra Libre Teoría Crítica y Marxismo Occidental. Tras esa estadía mantuvimos un contacto algo informal, participando en eventos aquí y allá; un intercambio continuo, aunque modesto. Más productivo fue el convenio que esos mismos investigadores argentinos establecieron con el Grupo de Pesquisa Literatura e Modernidade Periférica, de la Universidade de Brasília (UnB), que a su vez estaba alineado con el Grupo de Pesquisa Formação do Brasil Moderno: Literatura, Cultura e Sociedade, del cual yo formaba parte. Después de varios años (¡y aquí pido permiso para publicidad!), esos vínculos dieron como fruto, en el primer semestre de este año, la fundación de la Revista Material. Por una teoría crítica de la literatura y del arte, alojada en el portal de publicaciones periódicas de la UBA gracias al esfuerzo incansable de Francisco García Chicote. Es un trabajo que está movilizando a un número considerable de investigadores de aquí y de allá. Este tipo de instancias propicia una interlocución duradera y consistente.

Por otro lado, en el Programa de Posgrado en Teoría Literaria de la UFRJ, donde trabajo, también mantuvimos en los últimos años vínculos con las universidades de Mar del Plata y Rosario. Ocurre que, en esos casos, no tengo ninguna participación. Aun siendo amiga de docentes involucrados en esos convenios y compartiendo el mismo espacio institucional, no logramos llevar nuestras actividades con Argentina a un terreno común. En parte, por falta de tiempo (¡la burocracia académica lleva tiempo!), pero en el fondo esto deriva del distanciamiento de las perspectivas teóricas, de esa compartimentación de la que hablé al inicio, que marca la práctica universitaria desde los años ochenta, a partir de la consolidación de los studies en los Estados Unidos.

A diferencia de otras academias de la región, donde el posestructuralismo francés hegemonizó tempranamente los estudios literarios, en Brasil la crítica de filiación sociológica y materialista conservó su centralidad. Y la producción teórica más potente rara vez adoptó la forma del tratado sistemático, sino la del ensayo crítico. ¿Cómo explica esa persistencia: la eficacia de una tradición local para pensar sus propios objetos, o una reticencia estructural ante las modas metropolitanas?

Ciertamente, contamos con un precedente crítico envidiable fundado con el pensamiento de Antonio Candido y Roberto Schwarz, que contrarresta la tendencia a la asimilación indiscriminada de perspectivas teóricas que van alcanzando prestigio en el circuito académico mundial a cada momento. Y la prevalencia, en las obras de estos autores, de una reflexión de corte ensayístico, en lugar de la abstracción del tratado teórico, resulta de hecho decisiva. Ambos ponen en práctica el principio de primacía del objeto, de modo que el acto crítico parte de la singularidad de la forma estética; es a partir de la lectura inmanente, de la atención a la dinámica interna de la composición, que se identifican las líneas de fuerza más relevantes para la interpretación, la cual, por ende, no gira en torno a cuestiones predeterminadas. Por el contrario, son los aspectos singulares de la obra los que orientan el rumbo de la reflexión y, en los mejores casos, incitan a formular categorías e hipótesis originales para dilucidar el sentido específico de la interacción dialéctica entre esa forma estética y el proceso social con el que se vincula.

Es enorme la ganancia en este sentido: la ganancia de la “idea social de la forma” que Schwarz, en “Adequação nacional e originalidade crítica” (Sequências brasileiras, 1999), reconoce en el pensamiento de Candido, y que vale igualmente para el suyo propio. Nociones como, por ejemplo, “dialéctica del malandraje” o de “ideas fuera de lugar” echan luz simultáneamente sobre uno y otro polo de la relación entre literatura y dinámica social, no a partir de la aplicación mecánica de saberes sociológicos al texto literario, sino gracias a un tipo de creatividad crítica que, en lugar de guiarse por la pretensión de universalidad de categorías y proposiciones, responde al esfuerzo por esclarecer configuraciones particulares. Ese esclarecimiento, por su parte, puede tener un alcance o un rendimiento que desborda el marco local o temporal, ya que el modo de operar con la particularidad permite la confrontación con otras situaciones particulares, ayudando a abordarlas cuando se detectan contrastes o equivalencias, continuidades o discontinuidades. Esto no equivale a la mera aplicación de teoría. Si podemos hablar de una tradición crítica brasileña a partir de estos autores, no es por la aplicabilidad de sus hallazgos interpretativos —lo que, aparte, implicaría traicionar su práctica—, sino por la acumulación que representan para la reflexión sobre procesos y objetos, por su inspiración metodológica y porque la prueba de la actualidad sigue confirmando el interés de tales hallazgos cuando se comprueba que continúan siendo, en alguna medida, eficaces frente a las transformaciones históricas; a veces, incluso, mediante la impugnación meditada de algunos de sus aspectos. Ejemplo de esto es la discusión que plantea Roberto Schwarz en “Pressupostos, salvo engano, de ‘Dialética da malandragem’” (Que horas são?, 1987), donde contextualiza y rebate conclusiones del ensayo fundamental de Antonio Candido, actualizando su rendimiento.

Se trata, por lo tanto, de una tradición sin dogmatismos, sin consensos estables. Sus mejores lectores de generaciones posteriores a menudo discuten abiertamente los escritos de estos autores. El propio Roberto Schwarz puso en tela de juicio, en una entrevista brindada en 2004, las condiciones de posibilidad de su práctica crítica. Es un fragmento muy provocador que vale la pena citar:

La crítica dialéctica [...] supone obras y sociedad muy estructuradas, con dinamismo propio. [...] Sucede que vivimos un momento en que esa idea de sociedad, como algo circunscrito, con destino propio, está puesta en cuestión, por no decir que está en descomposición. Ya nadie piensa que los países de la periferia tienen una dialéctica interna fuerte; tal vez algunos países del centro la tengan, tal vez ni siquiera ellos. Y en el terreno de las obras, con la entrada masiva del mercado y de los medios en la cultura, es voz corriente que la idea de arte ha cambiado, y es posible que el estándar de exigencia del período anterior haya sido abandonado. Quizá los presupuestos de la crítica dialéctica estén desapareciendo… (Seja como for, pp. 290-292).

Este diagnóstico incita a repensar los procedimientos críticos, sobre todo de cara a la literatura contemporánea. Otro referente ineludible en el circuito de la crítica dialéctica brasileña que viene señalando dilemas espinosos es un gran interlocutor de Schwarz, el filósofo Paulo Arantes (uno de los autores de Sentido da formação, obra clave para comprender el debate en torno a esa noción). En una conferencia de 2024, que se encuentra disponible en línea y acaba de publicarse ampliada en libro, habla de un actual “malestar en la cultura crítica brasileña”, la cual parece atrapada en una aporía, sin cesar de reiterar el diagnóstico de nuestra versión específica del “colapso de la modernización” (para evocar el título de Robert Kurz que constituye una referencia decisiva en las posturas de Schwarz a partir de los años noventa).

Ahora bien, una salvedad: la impresión de centralidad consignada en la pregunta precisa ciertos matices. Desde afuera, tal vez parezca evidente debido al creciente reconocimiento internacional que Schwarz viene conquistando. Después de todo, no es menor ser reconocido por Perry Anderson, Franco Moretti y Fredric Jameson como el mayor crítico marxista o el mayor crítico dialéctico vivo desde Adorno; más aún cuando tal consideración responde a la convicción (reiterada con insistencia por él mismo) de que la experiencia de países periféricos como los nuestros puede aportar mucho a la comprensión del estado de cosas en el mundo contemporáneo. Sin embargo, cuando se publicó en Inglaterra a fines de 2024 un excelente volumen de estudios dedicados a su obra (Roberto Schwarz and World Literature), la repercusión en Brasil se limitó a los círculos que ya la valoran. En los sectores enfrentados con la perspectiva materialista se impuso un elocuente silencio. En 2027 se publicará un estudio monográfico en Alemania, Ästhetik und Kritische Theorie bei Roberto Schwarz: Die Periphere Conditio, acerca de sus nexos con Adorno y Benjamin, y se está compilando en Estados Unidos otro volumen con textos enfocados en los vínculos entre Schwarz y Jameson. Veremos si todo esto suscita aquí un debate de mayor alcance.

Suelo cometer un acto fallido que dice bastante acerca del estado de la tradición crítica inaugurada por Antonio Candido y Roberto Schwarz en el panorama brasileño. Casi siempre que aludo al ensayo de 2006 en el que Schwarz debate la tensión entre las lecturas de la obra de Machado de Assis que privilegian su “universalidad” en detrimento de las particularidades locales que se decantan formalmente en ella, cambio el título: en lugar de “Leituras em Competição” (“Lecturas en competencia”) digo “lecturas en disputa”. ¡El autor es más prudente y olímpico que yo! Pero considero que el término que utilizo describe con mayor exactitud el modo en que se suele cuestionar el legado crítico que toma como hito Formação da literatura brasileira de Candido.

Ese libro se ha convertido, de unos años a esta parte, en el blanco dilecto de una auténtica campaña en la universidad brasileña. Se han sucedido números de revistas, libros, cursos de posgrado y simposios en congresos dedicados a acusar la tesis de Antonio Candido sobre la constitución del sistema literario brasileño de elitismo, eurocentrismo, nacionalismo estrecho, machismo, racismo, colonialismo y males peores —a veces con ataques virulentos—. Esas imputaciones son injustas tanto con la obra como con la trayectoria biográfica de Candido. Nos referimos a un intelectual de izquierda sumamente comprometido, que atravesó dos dictaduras en Brasil y que —como afirmó una vez a propósito del crítico teatral Anatol Rosenfeld en su artículo “O gosto pela independência” (incluido en Recortes, 1993)— consagró su vida a “ejercer la inteligencia crítica en la lucha contra las irracionalidades y las brutalidades de este mundo”. No se trata de una simple declaración de principios humanistas: es una postura patente en todas las dimensiones de su labor, ya sea como docente, como crítico literario o como militante que participó en la fundación del Partido Socialista Brasileño en los años cuarenta y del Partido de los Trabajadores en los ochenta.

En el combate hacia las posiciones de Candido en Formação da literatura brasileira opera un marcado anacronismo: se le exige contemplar perspectivas y producciones que no formaban parte del horizonte de las épocas que examinó ni del contexto en que el texto fue concebido. El acto de detallar un proceso objetivo, abordado desde un ángulo histórico específico, queda reducido a una defensa tendenciosa del canon literario. Abundan los equívocos elementales en interpretaciones que, por ejemplo, asocian el señalamiento de motivaciones nacionalistas en el Romanticismo brasileño con una apología personal del autor hacia una identidad nacional romántica y excluyente. Lo más llamativo es que, en la mayoría de los casos, los comentarios se limitan a los prólogos y a la introducción del libro; la mayor parte de las descalificaciones elude una lectura detenida del trabajo interpretativo propiamente dicho. Ahora bien, aunque esas secciones iniciales aborden nociones clave, como “literatura comprometida” y “sistema literario”, y aunque en esas primeras páginas se formulen sintéticamente las hipótesis centrales que orientan la investigación, lo decisivo, el pilar sobre el que descansa toda la argumentación, radica en los análisis de los textos literarios. Así pues, estamos hablando de un libro fundamental en la historia del pensamiento brasileño, influyente desde su aparición en 1959 —cuando pasó a integrar una constelación de estudios de enorme envergadura sobre el país— y cuya edición más reciente alcanza las 800 páginas. Debatir Formação da literatura brasileira limitándose a los prólogos y la introducción implica leer, en los hechos, menos del 5% del libro... Por consiguiente, si la tradición fundada por Candido y Schwarz ostenta una posición central en Brasil, dicha centralidad se encuentra mediada también por la negatividad: una gravitación atravesada por disputas con frecuencia menos problematizadoras que problemáticas.

Persiste el dilema de leer literatura latinoamericana con categorías metropolitanas, y persiste también la asimetría en la circulación: leemos las novedades de París, Londres o Nueva York antes que la producción de Río, Bogotá o Buenos Aires. Frente a lo primero suelen polarizarse dos posturas —denunciar el marco como imposición colonial o asumir sin más su universalidad—, y ninguna parece del todo satisfactoria. ¿Cómo trabaja usted ese problema en su propia práctica crítica? ¿Y qué se obtura en el pensamiento latinoamericano cuando, además, falta el contacto directo entre nosotros: la integración regional es una demanda programática o una necesidad epistemológica?

Ambas cosas. A partir de lo expresado en la primera respuesta, espero haber dejado en claro que, a mi juicio, consolidar y explorar un campo de problemáticas comunes entre los países de la región es una labor supeditada a medidas prácticas, a acciones institucionales que potencien y garanticen la continuidad de las interacciones, de modo tal que las interrogantes surgidas desde el ángulo de nuestra condición periférica ganen espesor mediante el examen constante de experiencias singulares o compartidas.

Por otra parte, apelar a teorías y categorías formuladas en el centro del sistema, recurrir al pensamiento de autores europeos y norteamericanos, no resulta en sí mismo perjudicial para la reflexión en torno a especificidades nacionales o regionales. Después de todo, también formamos parte de ese sistema, solo que situados en el extremo vulnerable del conjunto; por lo tanto, evocando una vez más a Antonio Candido, resulta insoslayable abordar la dialéctica local-universal (comprendiendo el segundo término en su dimensión práctica, como designación de un orden global dotado de existencia material llamado capitalismo, y no meramente como un ideario o cosmovisión hegemónica y opresiva a ser combatida en el plano de las ideas). El inconveniente estriba en la incorporación inmediata de proposiciones concebidas para otros contextos, en la asimilación acrítica, en la nefasta dinámica de la mera “aplicación”.

En los últimos años, las intervenciones decoloniales, feministas y del pensamiento negro tensionaron el canon de la crítica da formação, señalándolo como un dispositivo nacional-integracionista, blanco y patriarcal. Dado que su trabajo conjuga la dialéctica materialista con el análisis de representaciones de mujeres negras y subalternidad, ¿cómo evalúa esa disputa? ¿Impugnación de método, relevo generacional, o articulación posible?

Voy a tener mucho cuidado al responder esta pregunta, pues el riesgo de la generalización acecha por varios flancos, y no sé si lograré expresar en pocas líneas la ponderación que exige. En primer lugar, estas denominaciones (pensamiento decolonial, feminista, negro) engloban posturas muy heterogéneas, algunas incluso profundamente divergentes entre sí. Por ende, no resultaría justo meter en el mismo saco todas las impugnaciones dirigidas al pensamiento sobre los procesos de formación nacional sin trazar una distinción entre argumentaciones sólidamente fundamentadas y aquellas que se limitan a reproducir consignas aplicadas indistintamente a disímiles realidades locales. A finales de 2025, Vladimir Safatle estableció esta distinción en un artículo que suscitó debate en Brasil, remarcando que los estudios decoloniales latinoamericanos “conforman una constelación amplia”, dentro de la cual resalta los aportes de Rita Segato y María Lugones y problematiza el programa investigativo del colectivo Modernidad/Colonialidad (“O grande FMI universitário. Como o colonialismo domina os estudos decoloniais”, Piauí, n.º 232).

Quedándonos únicamente con las consignas más vulgarizadas a las que hacen alusión, el peligro de la generalización salta a la vista en otro plano. Se manifiesta en el modo en que se manipulan categorías como género, raza, cultura, epistemología o territorio para denunciar, en la noción de nación, el silenciamiento de particularidades y experiencias históricas en nombre de una falsa totalidad. Sucede que, en sus variantes más simplistas, bastante difundidas (en redes sociales, así como en aulas y artículos académicos), hay discursos en esa línea que tienden a enfatizar problemáticas generales (en torno a la opresión de las mujeres por parte de los hombres, de las personas negras por parte de las blancas, de las culturas originarias por los colonizadores), desestimando la singularidad de los procesos sociales específicos. Así, se erige otra falsa totalidad.

Esto sin considerar que la noción de nación sigue, en la práctica, plenamente vigente; y del peor modo concebible: como uno de los recursos ideológicos más instrumentalizados por el neocolonialismo del gran capital transnacional ultraneoliberal que apuntala la arrolladora emergencia de la extrema derecha a nivel global. En consecuencia, no estamos ante una categoría perimida que deba desmantelarse en foros académicos. Constituye una noción que ha de ser considerada en su gravitación actual, en su dimensión fáctica, y para tal fin sigue resultando indispensable desentrañar los procesos históricos y presentes que estructuraron y continúan estructurando esa (falsa) totalidad. Aquí, quedamos perplejos ante el contundente avance de la extrema derecha en la primera vuelta de las elecciones de 2026 (escribo esto escasos días después de los comicios del 4 de octubre), en parte por la falta de comprensión de la idea de Brasil que se expresa en los votos de la mayoría de la población (pobre) que apoya a sus propios opresores.

Intentando ahora responder más directamente al interrogante planteado, de entrada es preciso tener en cuenta que la cuestión del sentido, el interés y la (in)actualidad de la idea de “formación nacional” es algo que también sale de dentro. Basta recordar el ensayo “Os sete fôlegos de um livro”, de Roberto Schwarz (Sequências brasileiras, 1999): hacia el final plantea cuatro vías para calibrar su pertinencia en el umbral del cambio de siglo, y, transcurridos más de veinticinco años, tales apreciaciones lucen todavía más pertinentes. Existen asimismo contribuciones, como Duas formações, uma história: das ideias fora do lugar ao perspectivismo ameríndio, de Luis Augusto Fischer (2021), que problematizan esa tradición de pensamiento de un modo que hasta puede tener tintes de disputa, pero que no deja de contribuir para la actualización de ese acervo crítico. Muy distinta es la impugnación que suele descalificar aquello considerado canónico omitiendo el examen minucioso de sus tesis, partiendo de una lectura simplista (como las señaladas en la segunda respuesta), que a su vez derivan en conclusiones reductoras y, por lo tanto, funcionales a la entronización de un flamante canon teórico, en gran medida foráneo. En otros términos: se tilda de hegemónica la perspectiva legada por autores referenciales —y, bajo un razonamiento pretendidamente progresista, susceptible de ser combatida por hallarse en una supuesta posición de poder—, mientras que sus postulados se exponen de manera precaria para erigirse en trampolín de posicionamientos antagónicos.

Es decir, las disputas en torno a la hegemonía académica se traducen, ciertamente, en objeciones metodológicas. Pero el factor generacional incide también de forma gravitante, dado que la democratización del ámbito universitario ensanchó de modo considerable el acceso de sectores populares a la educación superior: una generación de estudiantes que, con fundadas razones, se reconoce e involucra en las discusiones decoloniales, feministas y étnico-raciales que hoy constituyen una fuerza mayoritaria en las universidades de Brasil. Lo que considero limitante es que tales perspectivas se orientan con una serie de premisas (concepciones sobre la lectura y las funciones de la literatura y la crítica, criterios de valoración, etc.) que, pese a carecer a menudo de una formulación explícita, tienden a desestimar el aporte de la crítica materialista, desacreditando operaciones analíticas elementales como la lectura atenta y el tratamiento de la forma estética en tanto contenido histórico sedimentado. Eso se relaciona con la función de testimonio, reparación o combate micropolítico que valorizan en la obra literaria —de un modo que no es raro que llegue a ser normativo—. En buena parte de los casos se trata más de crítica ideológica que propiamente de crítica literaria —una elección que no es ilegítima, siempre y cuando se reconozca como tal.

El hecho es que el juicio estético pasó a ser indiscriminadamente (mal) percibido como una toma de posición viciada por presupuestos que deben repudiarse (blancos, patriarcales, eurocéntricos, etc.). No es que esos sesgos no existan en el medio universitario; es evidente que es necesario mantenerse alertas frente al sustrato ideológico incrustado en criterios y valoraciones. Lo que quiero decir es que las distintas vertientes críticas en discusión se inscriben, en principio, dentro del campo progresista, pero rara vez se disponen al diálogo. No abogo por un eclecticismo conciliatorio, sino por una confrontación franca y democrática de perspectivas capaz de inaugurar debates con un enorme potencial crítico, estético y político. Dicha posibilidad se ve bloqueada por dos factores: por un lado, la inclinación a descartar todo un acervo de hipótesis sobre la literatura y el lazo social, así como de herramientas interpretativas y métodos de lectura; por el otro, la celebración irrestricta de la producción de autores procedentes de sectores históricamente marginados del canon. Si ese reconocimiento tiene un efecto democratizante, al conferir visibilidad a experiencias sociales históricamente relegadas, por otro lado, cuando no se distinguen diferencias cualitativas entre las obras, se termina haciendo tabula rasa de esa producción.

Pienso que una articulación consistente entre la crítica dialéctica y los debates decoloniales, feministas y raciales sería muy productiva. Puedo ejemplificarlo con un estudio que estoy preparando ahora, sobre la figuración del trabajo en la novela brasileña reciente, en el que me topé con una cuestión cuyo abordaje depende de esa articulación. En los últimos 30 años, hubo una transformación importante en la escena literaria brasileña, que pasó a contar con el reconocimiento de un número significativo de autores de origen pobre, que incluye mujeres negras. Una diversidad que ha sido celebrada como conquista política: la emergencia de puntos de vista provenientes de territorios, cuerpos, epistemologías marginalizados o divergentes viene alimentando la afirmación de la diferencia como motor del debate crítico en el país. Sin embargo –ese es mi punto– esas diversas voces se ven relativamente unificadas por recursos expresivos que resultan en obras muy afinadas entre sí, alineadas conforme a una gramática literaria avalada por la crítica e impulsada por el mercado cultural. He llamado a esto homogeneización formal de la heterogeneidad de perspectivas sociales. Cuando leo, por ejemplo, novelas que tematizan el trabajo de empleadas domésticas (han salido varias desde finales de los años 1990), no puedo prescindir del feminismo negro latinoamericano, que ayuda mucho a comprender estructuras de sentimiento captadas en esa ficción. Pero si no observo la dinámica de homogeneización formal en ese conjunto de obras, pierdo la oportunidad de reconocer aspectos de esa materia inscritos en la lógica de composición que la homogeneización instaura –y que tal vez aún no estén mapeados. Ese segundo ángulo permite alcanzar capas de sentido más allá de lo que se evidencia en la superficie discursiva de la enunciación literaria, puede detectar contradicciones, tensiones, fisuras en relación con los enunciados más explícitos –lo que tiende a ser muy revelador.