Revista Luthor, nro. 63 (octubre 2026)ISSN 1853-3272

Artículo

¿Cómo se leen las teorías científicas?

El caso de Vladimir Propp

Daniel Cantarín

En este trabajo vamos a abordar un caso particular de teoría científica cuyas características técnicas y deriva histórica permiten señalar algunos detalles problemáticos del quehacer científico.

La ciencia está mediada por diferentes intereses y factores: técnicos, sociales, políticos, económicos, ideológicos, históricos, y de otras índoles diversas. Esto ha sido parte de los debates sobre la naturaleza de la ciencia, tanto en el área de la epistemología como también de la sociología y de la historia de la ciencia. Y aunque esas discusiones frecuentemente son pertinentes a amplios grupos de practicantes y entusiastas de las ciencias en general, también frecuentemente ocurre que el interés por tales temas quede limitado a grupos muy minoritarios de especialistas. Esto a su vez suele subordinarse a discusiones de epistemologías especiales —aquellas dedicadas a un área restringida de la praxis científica—, profundizando aún más las distancias para con discusiones generales.

Allí es donde el trabajo de Vladimir Propp se vuelve ilustrativo para presentar dimensiones problemáticas de la ciencia. Por un lado la teoría de Propp es muy divulgada en diferentes niveles de estudio, de modo que no se trata de una teoría inaccesible al lego. En segundo lugar, es una teoría interesante para diferentes ciencias, razón por la cual desborda las discusiones sobre-especializadas. Y en tercer lugar, su desarrollo histórico permite elucidar fenómenos en torno a los quehaceres científicos de manera nítida. Todo ello nos va a permitir indagar detalles acerca de cómo son creadas y recibidas las teorías científicas.


Qué se dice sobre Vladimir Propp

Si alguien busca hoy información sobre Vladimir Propp, casi exclusivamente va a encontrar referencias a Morfología del cuento, su primera obra, del año 1928. Desde blogs de aficionados hasta trabajos de investigación, pasando por todo tipo de enciclopedias, papers académicos, o hasta videos online; desde áreas tan variadas como los estudios literarios hasta aplicaciones de inteligencia artificial, pasando por la antropología, la etnografía, o la sociología; desde temprano en el siglo XX hasta la actualidad, de manera ininterrumpida, Morfología del cuento muestra una particular longevidad e interés renovado con el paso de las generaciones.

Se trata sin lugar a dudas de la obra más reconocida de Propp. Desde allí emerge la noción más habitual de “la teoría de Vladimir Propp”, concentrada exclusivamente en esa obra. De acuerdo con la manera como usualmente se la conoce, la misma expone un planteo original sobre el estudio de los cuentos. Allí Propp estudió y ubicó similitudes entre cuentos tradicionales rusos, y logró conceptualizar esas similitudes de modo tal que pudieran generalizarse rasgos de esos cuentos de manera abstracta. A partir de ello el autor propone un concepto de “estructura de los cuentos”, la cual puede formalizarse. Esa formalización permite más tarde comparaciones entre cuentos a partir de sus estructuras: actividad rotulada como “morfología”. Y en el corazón de esas técnicas de formalización de estructuras de los cuentos se encuentra “el rol de los personajes en la trama”: la característica que Propp propuso como componente estructural de los cuentos. Por esa vía, diferentes personajes van a tener diferentes “funciones” en diferentes momentos del relato, las cuales una vez formalizadas en sucesión corresponden a la estructura del cuento. Y como último detalle esquemático de la obra, Propp identificó que la lista de funciones es finita y consta tan sólo de 31 elementos posibles —conocidos como “las 31 funciones de Propp”—. Esos son los conceptos más habitualmente abordados y comunicados sobre el trabajo del autor.

También se dice de Propp que era un “formalista ruso”. Esta última categoría es mucho más difusa, y su anclaje tiene escasa relación con el trabajo particular de Propp, pero sin embargo es uno de los espacios donde más habitualmente se aborda su teoría en mayor detalle, de modo que también requiere algunas precisiones. Los “formalistas rusos” fueron un grupo heterogéneo de jóvenes teóricos de principios del siglo XX, cuyo objetivo general era inaugurar el estudio científico de la literatura. Por esta razón son usualmente un punto de partida historiográfico a la hora de enseñar teoría literaria, a modo de identificar los “primeros pasos” de la disciplina en términos científicos. Propp vendría a ser un representante tardío de este movimiento: sería “formalista” porque su trabajo involucra formalizaciones, y “tardío” porque para el momento en que publicó Morfología del cuento el formalismo ruso ya tenía una década de trabajo ininterrumpido y se trataba de una corriente teórica próxima a su ocaso productivo.

El problema con los “formalistas rusos” es que se trata de una categoría que sus miembros jamás aceptaron, y en su tiempo más bien se utilizaba peyorativamente. Por aquel entonces las técnicas formales de análisis eran prestigiosas de la mano de las ciencias exactas y naturales —matemáticas y física, concretamente—, y las ambiciones por introducir esas técnicas en otras áreas de las ciencias podían llegar a ser omnipresentes. Eso no quiere decir que quienes se adentraban en esa clase de aventuras descartaran cualquier otra forma de técnica científica, y ciertamente los formalistas rusos no lo hacían. Sus rivales o enemigos, sin embargo, se permitían afirmar que el interés de estos teóricos era exclusivamente la formalización —dejando de lado otros aspectos valiosos, fundamentalmente de orden social o histórico—, y de allí emerge efectivamente el título de “formalista”. Casi todos los “formalistas rusos” utilizaban “formalismos” —es decir, técnicas de análisis formal— tan sólo en circunstancias muy acotadas y precisas, para luego continuar su trabajo con otras herramientas e intereses. Pero el título persistió en el ámbito académico y, para cuando Propp publicó su primer trabajo, era una categoría muy cómoda a cualquier observador de los estudios literarios.

De modo que el perfil de Propp es básicamente el de “un formalista ruso”, que “estudia los cuentos con métodos formales”, y por esa vía es parte fundacional de los “estudios literarios”. Desde hace muchas décadas se enseña así, se aborda así, y se lo conoce así. Propp mismo en vida tuvo oportunidad de apreciar este fenómeno, y decir algunas cosas al respecto.

En el año 1960, Claude Lévi-Strauss publicó un ensayo titulado La estructura y la forma. Reflexiones sobre una obra de Vladimir Propp. En ese texto, el prestigioso antropólogo presentaba un análisis de Morfología del cuento, básicamente introduciéndolo al ámbito académico occidental, y estableciendo a Propp como un pionero en el estudio estructural de los cuentos. El artículo es mayormente elogioso, aunque se permite algunas críticas atendibles, pero también ofrece conclusiones sobre la naturaleza del trabajo de Propp —o hasta aspectos del autor mismo— profundamente errados. Allí, entre críticas más y menos aceptables, aparece alguna discusión sobre los problemas del formalismo, y cómo la subordinación a tal corriente le traía problemas a Propp.

Poco tiempo más tarde, en 1964, llegó la respuesta de Propp a Lévi-Strauss, de la mano de otro ensayo traducido al español como Estructura e historia en el estudio de los cuentos. Allí, en un evidente desencuentro entre ambos, Propp responde de manera muy agresiva a lo que leyó como indignantes acusaciones por parte del antropólogo francés. La cuestión del formalismo tuvo su réplica, pero lo que ciertamente resultaba más indignante —y más tarde fuera reconocido unánimemente como un muy serio error por parte del francés— era que Lévi-Strauss sólo había leído Morfología del cuento: una obra que ya tenía más de tres décadas, a través de las cuales Propp nunca dejó de continuar su proyecto científico de la mano de múltiples trabajos publicados.

La respuesta del ruso fue tan notoriamente agresiva que Lévi-Strauss publicó eventualmente una breve carta pública —apenas un puñado de párrafos— lamentando el desencuentro, y pretendiendo rápidamente despegarse de la cuestión. Cabe anotar que, en ese momento, Lévi-Strauss era probablemente el científico social más prestigioso del planeta, razón por la cual una respuesta como la de Propp era inaudita, especialmente cuando se lo estaba presentando como un prócer en su área de estudios: Propp no sólo no tomó la invitación a la fama, sino que más bien la recibió como quien es retado a duelo. En cualquier caso, ese desencuentro entre ambos autores es interesante desde diversas perspectivas, y tanto es así que fue publicado y se lo conoce coloquialmente como “la polémica” entre los autores; pero constituye también un excelente punto de partida para abordar las monumentales distancias que hay entre lo que se dice sobre la obra de Propp, y lo que Propp realmente dijo en su obra, para recién entonces abordar las razones de ese fenómeno tan pintoresco.

Qué dice Vladimir Propp

Ya Morfología del cuento explícitamente aclaraba que se trataba de un primer paso en un proyecto más largo. La segunda “gran obra” de Propp —donde finalmente culmina conceptualmente el abordaje de su objeto de estudio— se tradujo como Las raíces históricas del cuento, fue presentado como tesis doctoral en 1939 —unos diez años después de Morfología del cuento—, y finalmente publicado en 1946. A diferencia de Morfología, este trabajo era considerablemente más extenso —unas seis o siete veces más voluminoso—, y allí se argumentaban diferentes aspectos de la teoría mediante diferentes casos de estudio de todo momento y lugar del planeta. Entre ambas obras, Propp publicó una serie de ensayos donde continuó su proyecto de investigación, marcando nítidamente el enfoque de su trabajo. Entonces, las pautas técnicas del trabajo de Propp se publicaron en el período 1928-1946 —una década y media antes del ensayo de Lévi-Strauss—, y constan de dos obras principales y múltiples ensayos intermedios.

Sobre Morfología del cuento ya hemos dejado menciones. Lo único que nos resulta pertinente agregar en esta sección es que allí se hablaba de un estudio “formal” que permitiera realizar comparaciones, pero con el fin último de identificar cuentos folklóricos tanto sincrónica como diacrónicamente. Esto último es importante frente a las críticas al “formalismo”, las cuales asumen frecuentemente que las técnicas formales dejan de lado los muchos aspectos históricos de los objetos de estudio: Propp pretendía que una identidad estructural fuera un ancla también histórica, a partir de la cual pudieran tener lugar diferentes tipos de análisis. En particular esta obra ya mencionaba la necesidad de un abordaje histórico, para lo cual se necesitan herramientas científicas precisas —una deficiencia que el autor denunciaba en sus antecesores—. Y otra nota muy importante es una afirmación de Propp: según él mismo, su método de estudio sólo puede aplicarse al folklore, y nunca a la literatura. Esto es así porque las características del folklore —fundamentalmente los pormenores de su tradición oral y sus usos sociales— hacen que sea un objeto radicalmente diferente al trabajo literario. Es decir que, como primera distancia para con sus lecturas habituales, Morfología del cuento no es una obra de “análisis literario” ni “teoría literaria”, y su objeto de estudio no son “los cuentos”.

Continuando su obra, en 1934 publica un ensayo titulado El árbol mágico sobre la tumba. Se trata de un análisis de una figura recurrente entre cuentos folklóricos donde crece un árbol con propiedades sobrenaturales desde el lugar de entierro de algún personaje del relato. Pero a partir de ese caso de análisis aborda los problemas epistemológicos del área de estudio que se propone trabajar, y en particular la dirección de tales estudios. Como se verá más adelante, el proyecto de Propp implica una idea original de folklore que permitiera su estudio en términos compatibles con los principios soviéticos, subordinados todos al materialismo histórico como marco político y epistemológico. Pero para tal planteo primero debe discutir precisiones detrás de esos principios: cómo se utilizan bien, cómo se deben entender correctamente, qué problemas resuelven, qué mejoras introducen frente a otros marcos epistemológicos. Por esa vía discute con la ciencia “occidental” o “burguesa” —fuera de la URSS—, argumentando por qué esta no logra abordar satisfactoriamente el estudio de los cuentos; pero al mismo tiempo discute contra el estado de cosas académicas o científicas dentro de la Unión Soviética, acusando a un “marxismo ingenuo” de no comprender al folklore en su complejidad ni cómo se utilizan correctamente los conceptos del materialismo histórico. Es decir que son múltiples dimensiones de problemas las que Propp encara, y su ensayo tenía mucho menos que ver con el análisis de los cuentos que con otra cuestión mucho más general: Propp le estaba enseñando al mundo —propios y ajenos— cómo se hace ciencia soviética.

Más tarde, en 1939, publica otro ensayo titulado La risa ritual en el folklore. Aquí toma como objeto un cuento llamado Nesmeyana, que es el nombre de una princesa y significa en ruso “la que no ríe”. Aquí discute sobre lo que llama “el encorsetamiento artificial en el argumento” que realizan otros estudios sobre los cuentos folklóricos, dándole mayor entidad práctica a la noción de identidad estructural desarrollada en Morfología del cuento, y a partir de ello elaborando una serie de análisis diacrónicos vinculados a diferentes instancias del mismo motivo presente en Nesmeyana. Por esa vía, esta vez sí profundiza en reflexiones sobre los estudios de los cuentos folklóricos, adecuándolos a los principios del materialismo histórico como emergentes de una base estructural de las sociedades en las que esos cuentos tienen lugar. Ese es el rol que la identidad estructural tiene en la investigación folklórica histórica: a partir de las variaciones de los cuentos folklóricos en relación con su identidad estructural formal, el fin último de la investigación es encontrar las raíces históricas que dan lugar a tales cuentos folklóricos. Este trabajo, además, involucra conocimiento de diferentes áreas: etnología, antropología, sociología, historia, y cualquier otra que permitiera identificar características de un pueblo en un momento histórico. Y esto lo escribía dos décadas antes de que se le acusara desde Occidente de no considerar a los estudios históricos por ser un “formalista”. Este es también el año donde él presenta su tesis doctoral, aunque la misma fuera publicada más tarde.

En 1941 publica El motivo del nacimiento milagroso, otro ensayo donde aborda un “motivo” o “tema” en su complejidad histórica, a modo de ejemplo de cómo trabajar sobre el folklore; en este caso particular, se trata de los nacimientos extraordinarios y mágicos —usualmente de los héroes—. Aquí tiene oportunidad de profundizar más en una dimensión de análisis presente en todos su trabajos anteriores: la relación entre folklore –—desde la figura del cuento folklórico— y religión —desde la figura del mito y los rituales sagrados—. Desde allí logra darle centralidad al rol del “otro mundo” más allá de la vida, desde donde se viene y hacia dónde se va, y cómo ello se conceptualiza en diferentes tipos de sociedades. Sin embargo, va a poner mucho más énfasis en el detalle de cómo se diferencia un mito de un cuento: básicamente, un mito sería un cuento en el que todavía se cree, mientras que los cuentos ofrecen un lugar de expresión de disenso, cuando no también un registro de prácticas desactualizadas o decadentes. La dinámica histórica en esa relación está llena de detalles, pero nuevamente Propp utiliza sus nociones para realizar un estudio al mismo tiempo sincrónico y diacrónico, una vez más considerando pueblos de todo tiempo y lugar a través de su folklore.

Más tarde, 1946 va a ser un año particularmente prolífico en su obra, porque publica múltiples textos. El primero de ellos es un famoso ensayo titulado Edipo a la luz del folklore, donde estudia la figura de Edipo en términos distantes a los del psicoanálisis o de la antropología occidental de su tiempo. Aquí también aprovecha para especificar una serie de pautas metodológicas sobre el estudio histórico del folklore, mediante su ya clásica estrategia de identificar un tema y explorarlo a lo largo y ancho del planeta y de la historia. Para ese momento ya había muchos trabajos publicados sobre Edipo, pero Propp va a afirmar que se tratan de estudios insatisfactorios en lo que respecta al folklore, y frente a ello mostrará el camino de análisis. Esto va a ser nuevamente un combate teórico tanto contra Occidente como contra las propias corrientes internas de la Unión Soviética. En particular va a ser elocuente sobre cómo identificar la relación entre la historia y los componentes más fantásticos de los cuentos folklóricos.

El mismo año publicó otro ensayo llamado Lo específico del folklore, esta vez mayormente concentrado en los aspectos epistemológicos —métodos, principios, leyes— del abordaje del folklore, y cuyo fin último es la adecuada demarcación de ese objeto de estudio. Aquí no solo va a ser preciso, sino francamente también desafiante y hasta grandilocuente, en especial a la hora de marcar el camino de la ciencia soviética en el contexto de la revolución socialista. Básicamente, según Propp —y según cualquier revolucionario convencido—, la llegada del socialismo no es alguna forma de “alternativa” a otros sistemas políticos, sino un nuevo momento histórico en el progreso de la humanidad; una “nueva era”, si se quiere, marcada por la sociedad sin clases, todo lo cual requiere una conciencia epistémica adecuada y precisa. Pero ante todo, lo que Propp termina de manifestar es algo más o menos evidente para quien siguiera el desarrollo de su teoría a través de los años: él está inaugurando una nueva ciencia del folklore, o “folklorismo”, la cual solo podría existir bajo los principios del materialismo histórico. Según él, es ese marco el que permite abordar la realidad histórica en un enfoque adecuado, y ningún otro. Desde allí Propp introduce algunas de las ideas más originales de su noción de folklore, que permiten con mucha más facilidad distinguirlo de la literatura y otros conceptos —usualmente burgueses—. En primer lugar, el folklore no tiene autor; es un saber del mundo, no un relato inventado por alguien. Y allí se aventura en una declaración contundente:

(…) O reconocemos la existencia de una creación popular en cuanto tal, como fenómeno de la vida histórica, social y cultural de los pueblos, o no la reconocemos y sostenemos que se trata de una ficción poética o científica y que sólo existen las creaciones de individuos o de grupos.

Nosotros compartimos el punto de vista de que la creación popular no es una ficción, sino que existe precisamente en cuanto tal y que su estudio es justamente la tarea de los estudios folklóricos en cuanto disciplina científica. (…) (Propp, 1946, p. 150)»

Por ese camino argumentativo va a afirmar más tarde que al folklore no se lo debe emparentar con la literatura, sino con el lenguaje: otro constructo social, siempre mutable en términos históricos, que no tiene ningún autor, y que forma parte de las identidades de los pueblos. Esa es la clase de conocimientos que rastrea Propp a través de la noción de “identidad estructural” de los cuentos folklóricos, y esa es la razón por la que los cuentos literarios no tienen lugar en su método de análisis. Pero ese alcance establece además una noción de “conocimiento popular” original, que se distingue de otras formas de conocimiento, y es lo que Propp pretende introducir como objeto de estudio.

Finalmente, también en 1946 se publica su tesis Las raíces históricas del cuento, que constituye oficialmente la continuación del proyecto iniciado en Morfología del cuento. Mientras que el primer texto pretendía dar inicio a la introducción del folklore en el ámbito académico de su tiempo, este otro texto pretende condensar y solidificar los conceptos y procedimientos que deben realizarse para un estudio científico del folklore. Aquí se ordenan las ideas planteadas anteriormente en ensayos separados, en un texto mucho más extenso, que aborda diferentes motivos folklóricos y esta vez además establece diversos términos técnicos con definiciones precisas y contextualizadas. Constituye la culminación de un trabajo continuo de décadas, que comienza incluso antes de la publicación de Morfología del cuento, y que Propp ofrecía como fundamento científico de abordaje del folklore.

En resumen, durante décadas y de manera ininterrumpida Vladimir Propp discutió con la academia heredada pre-revolucionaria, con sus camaradas revolucionarios, y con la ciencia del resto del mundo, cómo desarrollar una nueva ciencia del pueblo para una nueva era de la humanidad, que contemple a los fenómenos históricos en toda su complejidad, y permita integrar finalmente el conocimiento popular al ámbito científico y académico.

Todo eso fue acusado de “formalismo” por utilizar técnicas de formalización en un paso particular del proceso general. Y desde Occidente se leyó —y continúa leyendo— como un abordaje de “los cuentos”, ignorando sistemáticamente la condición de “folklóricos”, y dando lugar así a todo tipo de interpretaciones variopintas sobre el alcance de Morfología del cuento. Se aprecia entonces el contexto en el que Propp le contesta con tanta virulencia a Lévi-Strauss. Pero el cómo es posible semejante distancia entre la obra del autor y su recepción es lo que nos interesa en este trabajo, al caso de lo cual ofrecemos algunas notas.

Cómo se leen las teorías científicas

Estudiar la notable distancia entre el proyecto científico de Propp y las interpretaciones habituales que se hacen de su teoría requiere un abordaje multidimensional.

Propp mismo ha aportado algunas explicaciones en “la polémica”. Allí cuenta que durante su juventud, por falta de experiencia, asumió que podía dar conceptos por entendidos, o que acaso era suficiente con algunas notas al pie para otras contextualizaciones de su terminología. Todo eso lo menciona refiriéndose a las interpretaciones que se hicieron de términos como “función” o “morfología”. Pero de ese contexto emerge un detalle central en el devenir histórico de esta teoría científica, que es el nombre del texto. Propp nombró su obra “Morfología del cuento” por sugerencia del editor. El texto originalmente debía llamarse “morfología del cuento folklórico maravilloso” —apuntando al corpus sobre el que estrictamente trabajó Propp en esa obra—, pero el editor convenció al autor de que recortando el título su trabajo tendría mejor recepción. Según el propio Propp, como consecuencia de esa decisión el texto “induce al lector” a interpretar que el objeto de estudio son “los cuentos” —en toda la generalidad del término—, y el resto es historia: una abrumadora mayoría de lecturas de esa obra se realizaron y realizan completamente desvinculadas de la noción central de “folklore”.

Allí tenemos dos dimensiones de análisis vinculadas al devenir histórico de las teorías. Por un lado las condiciones en las que tienen origen, y en particular las condiciones de publicación. Cualquiera que haya atravesado el laborioso proceso de publicar trabajos científicos —entre los que se ubican las tesis de graduación— sabe que allí median numerosas condiciones a cumplir. Esto es algo deseado: el complejo científico se pretende que tenga reglas de validación rigurosa, y es precisamente allí donde radica su principal valor. Pero en cualquier caso, lxs trabajadorxs de la ciencia se ven allí obligadxs a adecuarse a prácticas de su contexto histórico y social. Propp publicó Morfología del cuento en 1928, pero trabajó durante años en ese texto luego de recibirse como filólogo –de los idiomas ruso y alemán– en 1917. Eso quiere decir que vivió una academia en plena transición revolucionaria. Ciertamente las condiciones de publicación no habrán sido las mismas antes y después de la revolución: ni era la misma sociedad, ni la misma academia. De hecho, Propp declara tanto en Morfología del cuento como en “la polémica” sus importantes distancias para con sus antecesores académicos: a veces por cuestiones técnicas y epistemológicas, a veces por cuestiones políticas; él se refiere a una “academia zarista” que no consideraba a “la poesía popular”, y ese fue el contexto en el que se interesó por la noción científica de “folklore”. Son muchos los detalles significativos que pueden abordarse en ese contexto tan históricamente extraordinario: el rol de los jóvenes académicos en relación al proyecto revolucionario, las influencias del partido, las resistencias, los intereses en pugna, etc. Pero este constituye en definitiva un caso extremo para considerar una pregunta mucho más cercana a nuestras experiencias contemporáneas: ¿qué formación recibe un académico para publicar sus trabajos? ¿En qué contextos de publicación? ¿A qué edades? ¿Para lograr qué objetivos? Salvando las evidentes distancias, y con una conceptualización adecuada, todas esas son preguntas que atraviesan tanto al relato de Propp como a la vida de cualquier persona trabajando en una academia científica.

La otra dimensión de análisis allí presente es la del factor editorial. Estamos acostumbradxs a que “generar interés” sea parte de las justificaciones de criterios editoriales en una sociedad capitalista, considerando el objetivo de vender ejemplares. ¿Pero cómo se justifica ese mismo interés detrás del cambio de nombre en Morfología del cuento desde una perspectiva editorial soviética? Ese “generar interés” es incluso un tema de suma actualidad frente a algoritmos y redes sociales. La similitud en los objetivos desde el ámbito editorial cruzando tantas fronteras históricas y sociales es cuanto menos llamativa. De modo que este caso particular puede ser muy interesante para quienes estudien la dimensión editorial de la ciencia: cómo se generan qué intereses en torno a qué cuestiones, y cómo se adaptan las publicaciones a tales intereses. Una vez más, teniendo presentes las muchas consideraciones necesarias frente a las evidentes distancias, un caso de estudio donde algunos de esos fenómenos se manifiestan por fuera del contexto capitalista puede ser muy valioso.

Pero el caso de Propp es interesante por varias otras cuestiones. El autor responsabilizó al título de publicación, pero ciertamente no se puede acusar al ámbito científico de “no saber leer”: si bien el título puede tener alguna “trampa marketinera”, el texto fue muy leído, y de allí se deberían obtener conclusiones mucho menos distanciadas de las intenciones del autor. Allí suceden múltiples otros problemas, mayormente dependientes del contexto.

Dentro de la Unión Soviética se vivían diversos conflictos en torno a la dirección del proceso revolucionario y sus parámetros elementales. Allí tenían mucho valor las discusiones sobre las correctas interpretaciones de los principios marxistas-leninistas en todas las áreas de la vida humana y de cara a los intereses del partido. La ciencia no sólo no estaba excluida de esos debates, sino que más bien estaba en el centro como abanderada moderna de la idea de progreso. Y estos debates eran especialmente intensos en el área de ciencias humanas. Desde allí se juzgó originalmente al trabajo de Propp con hostilidad, tildando a Morfología del cuento de “formalista”. La respuesta de Propp fue un combate intelectual y académico al respecto de cómo debe abordarse la idea de “pueblo” en términos científicos, y de cómo debe implementarse el materialismo histórico en ciencias sociales.

Occidente mientras tanto era más bien impermeable al materialismo histórico. Desde allí recibieron en 1958 una mala traducción de Morfología del cuento durante el auge de los estudios lingüísticos y literarios, así como también la corriente estructuralista en antropología. Ese texto fue considerado con mucho interés, aunque casi siempre dando lugar a lecturas enajenadas de las intenciones del autor, ignorando el resto de su obra, ignorando unánimemente la condición del folklore como objeto de estudio, y proyectando a partir de las “funciones de los personajes” la posibilidad de poder estudiar cualquier tipo de relato: ya no solamente “literario” —aquello que Propp explícitamente estableció como ajeno a su teoría—, sino ahora también aplicado al cine, al teatro, o hasta a los medios de comunicación. Y no sólo ampliar el universo de objetos a ser estudiados, sino también el uso concreto de la teoría: de repente ya no pasaba por identificar una estructura de los cuentos folklóricos, sino que se pretendía utilizar para generar relatos. Eso último no fue tan sólo un accidente histórico producto de alguna mala traducción particular, sino que continuó durante las décadas: es notorio por ejemplo el renovado interés por Morfología del cuento a partir del auge de las herramientas informáticas, a través de las cuales se pretende utilizar “las 31 funciones de Propp” esta vez por vías automatizadas.

Cabe anotar también que nada de ello es ilegítimo: afirmar cosas sobre Propp —como hiciera Lévi-Strauss— puede ser cuestionable, pero ninguna regla impide tomar Morfología del cuento e interpretarla de maneras que no fueran las que Propp pretendía.

Pero, incluso con todos sus méritos, el trabajo de Propp se muestra como ejemplar en términos tristes. Si bien su lucidez y sus muchas décadas de dedicación le dieron un lugar importante en la historia de su disciplina, ese lugar es ciertamente uno incómodo o hasta incorrecto de acuerdo a las intenciones del autor, el cual continúa siendo mayormente malinterpretado hoy en día. El peso de su primera publicación en el curso de una obra mucho más general es muy desproporcionado y distorsiona enormemente al juicio sobre sus objetivos, resultados alcanzados, o hasta incluso quién era o qué hacía el autor mismo. Este “efecto sinécdoque” en ciencia, donde una parte de la teoría se confunde con un todo, es algo que también ha sucedido en otras importantes obras y carreras científicas; podemos mencionar grandes figuras como Adam Smith, Charles Darwin, Thomas Kuhn, o Jean Piaget, apenas como ejemplos conocidos.

El caso de Morfología del Cuento y su insistente centralidad en los abordajes al trabajo de Propp, además de afectar su legado, fue también motivo de muy amargas experiencias para el autor en vida. Hemos mencionado a “la polémica” y a discusiones dentro de la Unión Soviética, pero la historia de este autor incluye también algunas páginas aterradoras, que este trabajo no puede explorar en detalle, pero que son importantes a la hora de realizar juicios sobre su trabajo.

Dijimos que su tesis doctoral se presentó en 1939 pero se publicó recién en 1946, mismo año que se publicaran otras dos obras. Lo que sucedió en ese lapso de tiempo fue el asedio de Leningrado, que Propp padeció en carne propia; sus textos se publicaron en 1946, porque en 1941 se paralizaron todas las publicaciones en la ciudad donde él vivía y trabajaba. Durante el asedio, Propp padeció hambre extrema y un invierno de casi -40º C. Allí vio morir de hambre a colegas, amigos, y familiares. Sobrevivió escapando por una ruta improvisada sobre un lago congelado, para volver a Leningrado de inmediato en cuanto tuviera oportunidad. Pero el asedio fue una experiencia profundamente traumática para la Unión Soviética, que luego del mismo cambió para peor: se instaló un odio generalizado hacia la cultura alemana, y por esa vía una defensa ideológica férrea de los principios soviéticos establecidos por el partido. Eso implicó persecusión ideológica en el área de las artes y las ciencias a partir de 1947, y desde ese ángulo Propp fue muy severamente juzgado: como “formalista” nuevamente, como vector de “influencias burguesas” —por considerar el material de teóricos occidentales en sus investigaciones—, y hasta incluso como un insulto al estado soviético —al permitirse comparar el folklore ruso y soviético con el de pueblos atrasados, o vincularlos con ritos y mitos—.

Pero como si todo ello no fuera suficiente, Propp también provenía de herencia alemana: él era hijo de “alemanes del Volga”, un grupo étnico que explícitamente había sido objeto de persecusión ya pocos meses luego de haber comenzado el asedio —cuando Stalin firmara un decreto vinculado a la presencia de alemanes dentro de la Unión Soviética—.

Esas acusaciones, en ese momento histórico, ponían seriamente en juego su vida. Por todo ello, debió adecuarse: eventualmente publicó una “autocrítica” —una práctica habitual de cara a las críticas del partido—, y debió recalibrar la dirección de su siguiente trabajo hacia algo más aceptable por las normas del momento. A nuestro juicio, Propp en todo momento mostró un inquebrantable compromiso con el proyecto revolucionario y el abordaje científico del saber del pueblo; pero los debates que en otro momento diera con fiereza, ciertamente ya no podía darlos luego del asedio.

Desde occidente existieron quienes observaron este giro de Propp, y mayormente lo anotan como un acto, si bien intelectualmente deshonesto, también trágico y comprensible. Sin embargo, entre los lectores occidentales que hayan abordado el corpus de Propp más allá de Morfología del cuento, usualmente juzgan toda obra posterior a esa como intentos acomodaticios de Propp frente a su coyuntura política: incluidos sus trabajos anteriores a las persecuciones iniciadas en 1947. Ese argumento se utiliza —a nuestro juicio injusta e incorrectamente— como un indicio de que “la verdadera teoría de Propp” se encuentra en Morfología del cuento, y todo texto posterior no tiene mayor interés. Lo cual convive con las muy mayoritarias lecturas concentradas exclusivamente en Morfología del cuento, generalmente ignorantes de toda la trama histórica del autor.

En todo caso, ya sea que se trate de debates políticos, de intereses editoriales, de aplicaciones originalmente impensadas, o de simples accidentes históricos, existe una constante que emerge una y otra vez del complejo entramado de variables en la historia de la teoría de Propp: una dimensión pragmática de la ciencia. Es evidente que las teorías científicas pueden ser y son interpretadas de diferentes maneras en diferentes contextos, frente a lo cual los intereses detrás de tales interpretaciones dejan de ser accesorios o ajenos a la labor científica.

Todo esto, que emerge de estudiar la deriva histórica del trabajo de Propp, da lugar a una perspectiva compleja acerca de las lecturas de trabajos científicos en general. Que la ciencia está mediada por intereses no es un argumento que vaya a sorprender a nadie en el siglo XXI, pero sí puede ser interesante agregar precisiones en la heterogeneidad de tales intereses y la compleja relación que guardan entre sí. Frente a todo eso, el trabajo de Vladimir Propp, y lo que el mundo académico hizo y hace de él, ciertamente es un caso muy elocuente.

Referencias bibliográficas

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